jueves 19 de noviembre de 2009
No
Sin deseo
23 de enero de 1992
Cesar Aira: Diario de la Hepatitis
lunes 2 de noviembre de 2009
viernes 16 de octubre de 2009
Luces (Parte III)
No está ella y no está el mundo. Un mar que se retira de la costa.
Está mi cuerpo.
Camila debería cocinar. Poner la mesa ella, retirarla, lavar todo, ordenar. Ella; no yo. Yo sólo respirar, que ya es bastante. Que agradezcan que estoy en pie. Nunca me dice que no. Ahora lo hago. Pero no lo hace. Y lo hago yo. En medio del dolor. Nada más íntimo; como el correr de la sangre.
Otra vez acá, en mi cuerpo.
Camila deja pasar las horas sin hacer lo que dice que va a hacer. Tan dócil en su indiferencia. Su vida es un presente continuo, sin pasado. Un instante o una eternidad. El único pasado que conoce es el pasado de las series que ve. Las horas pasan pero podrían estar quietas. ¿Qué significará ya su nombre? Un nombre en descomposición.
Recuerdo su luz. La luz de sus ojos. Su mirada. Una mirada llena de futuro. Hay otras con pasado. Con toda la carga del tiempo. Ella tenía la ligereza de lo insinuado. Yo me refrescaba en su mirada, era como ver por la ventana el nacimiento del día. Camila nacía en sus ojos.
Ella debería estar limpiando, no yo. Ya ni para compañía me sirve. Ni para escuchar todo lo que pasa adentro mío. Intenté que entendiera, que viera. Me decía que no veía, que el dolor no tiene imagen. No me resigné. Detalle a detalle. Hora tras hora. Pero no. Sólo metáforas. Todo se deshace en metáforas.
Espero. No tengo más que la voluntad de la espera. Que termine. Que el mundo reaparezca. Salir de mi cuerpo. Recomenzar el día. Es día cuando termina. Camila no entiende del recomenzar. Una continuidad es su vida.
Unas manos tenía. Yo digo, con esas manos pianista. Pianista iba a ser. Y seguramente buena. Típicas manos de pianista.
Le digo a Camila que tiene que sacar la basura. Ella no se niega: ahora lo hago. Atornillada a la silla. Serie tras serie. Ni para negarse está. ¿Cuándo se perdió? Habrá habido un proceso, todo un camino de la pérdida. Las señales se ven claras cuando ya todo está consumado. Camila poco a poco, se me escurrió entre las manos. Tan solícita antes. Decía siempre que sí, igualito que ahora.
martes 6 de octubre de 2009
Luces (Parte II)
Camila seguramente en casa frente a la tele. Hasta que los ojos se le pulvericen.
El señor Roberts me llamó para ir a su despacho. Seguramente una carta. Una carta, otra carta. Las horas se aquietan. Las primeras no pesan lo mismo que las últimas.
El señor Roberts insiste, pero el teléfono también. Cómo cumplir sin fallar.
Si Camila por lo menos tuviera la comida preparada. Pero nada. Las propagandas no son lo suficientemente largas. Una inútil. Se lo he dicho miles de veces. Sos una inútil.
Tantos años en esta silla. Ya tiene mi forma, mi olor.
Efectivamente, una carta. Estimado Sr. Fernández. En vista de que usted es un cliente especial, tenemos el agrado de ofrecerle... El Sr. Fernández, ese viejo desagradable. Mira las partes, no los ojos. Y con todas las facilidades, sin necesidad de moverse de su casa... Si sólo espera el momento de salir y ver las partes, como si no fuera obvio. Y yo tengo que hacer como si nada, como si me mirara a los ojos. Viejo mal educado. Atentamente, Lic. Jorge Roberts, Director General. Va a pedir en su casa, pero que vaya yo. Yo solita para él.
Qué cocinar. Siempre pensar en la comida. A esa hora el programa sagrado, no puede volar ni una mosca. La novela de la noche. Qué hace durante el día, qué programas. Tiempo derramado. La vida no más que un transcurrir de horas. Una vida que pasa. Los días y las noches. Una luz apagada. Toda su luz de la tele. Camila debería dejar el nombre. Tan lindo nombre. Cómo perdió su nombre. Camila sin nombre.
El teléfono siempre. Un timbre que insiste, que no es para mí. Yo atiendo, pero no me llaman a mí. Atender para otro. Nadie sabe quién soy, después de tanto tiempo. Esta silla, mi silla. ¿Cuando no esté se notará el vacío? ¿Se notará mi cuerpo?
Debería tirarle sus cosas a la calle. Cambiar la cerradura. No pasaría ni dos días, si no sirve para nada. Ella y su mundo. Casi ni para saludar levanta la vista. Un lazo roto.
No atender el teléfono una vez. No estar; si no es para mí. Mi voz rota.
Todo lo hace mal. No sé cómo no la echan. Se lo he dicho. No sé cómo no te echan si no servís para nada. Para nada sirve, ni para compañía triste. Una pura ausencia. Ella sola, yo sola. Yo más sola que ella, vacía; ella llena. Las imágenes estallan en su cabeza.
domingo 6 de septiembre de 2009
Luces (Parte I)
Intenté levantarme pero el dolor me aplastó. Caí en la silla. Una espalda rota. La tele me adormecía. La tarde, los restos del día, de la comida.
Me levanté dándome dolor. Un destello agudo. El dolor como carne. Llevé los platos. Llevé todo lo que pude en un solo viaje. Todo amontonado. Volver, inclinarme, volver a ir. La idea me paralizaba. Le asigné lo que quedó a Camila como su tarea. Levantar lo que faltaba, lavar, guardar. Si no le daba tareas no hacía nada. Hacer por prescripción. Camila estaba únicamente en la obediencia, en la respuesta. Vaga, una vaga.
Fui a la cama. Pensar en acostarme, inclinarme. Un instante, pensé. El dolor es infinito, pero dura sólo un instante. No tiene recuerdo. Una vez acostada, la inmovilidad. De las horas, del cuerpo. Domingo. No todos los días lo mismo. Este domingo así.
Leer un libro, y salir del mundo. Escuchar música y salir de mi cuerpo, el mundo.
Camila respondía a las instrucciones con demora. Nunca inmediatamente. Podría salir, divertirse, vivir. Pero no, la tele, la tarde.
Lunes, el trabajo. Esperar que este domingo acabe con el día.
Mis días, intermitentes. Los de Camila, constantes. La tele siempre. Las series que se repiten puntualmente. Esperar el momento en que empieza la serie del momento. Una, y otra, y otra. Camila y la tele. Imágenes y luces. Nadie más ajeno y distante. ¿A quién habrá salido? Tan bonito nombre, ¿dónde fue a parar? ¿Cuándo se perdió?
Ya no podíamos vivir juntas. No vivíamos juntas. Dos personas separadas, aisladas, juntas.
Los restos del almuerzo todavía en la mesa. Los tiempos de otros. Acostumbrarse a los tiempos de los otros. Las voces y las luces que me llegan. El programa que no termina. Después de un programa, otro. Una continuidad. Un ser vivo.
El cuerpo tenso, no un verdadero descansar. Una inmovilidad rígida. Un presente que dura.
Buscaba el sueño en el libro. No otro mundo de otro; el otro mundo mío. Quizás dormir me diera la solución de la tarde, el otro día. Un calendario diferente.
Hasta que no hubiera propaganda Camila no se levantaría. Y quizás, ni así. Su cabeza vacía. Tanto brillo tenía, tanta curiosidad por el mundo. Ella debía irse de la casa.
Mi cabeza embotada, embriagada. Sentía que el sueño aletargaba mi cuerpo y lo volvía pesado. Las luces de la tele eran autos que pasaban lejos. El opio empezaba a construir un mundo. Abrirme al sueño. Las voces eran susurros de gente que me había venido a visitar, y que hablaba con respeto. Camila los guiaba, les daba café. Las letras del libro eran hormigas en fila. Caminaban y esperaban pacientemente. Una recostada en la otra.
jueves 3 de septiembre de 2009
Los hombres huecos de T. S. Eliot
somos los hombres rellenos
apoyados unos sobre otros
con cabezas llenas de paja. ¡Ay!
Nuestras voces secas, cuando
susurramos juntos
son silenciosas y sin sentido
como el viento sobre la hierba seca
o pies de ratas sobre vidrios rotos
en nuestros sótanos secos
Contornos sin forma, sombras sin color,
paralizada fuerza, gesto sin movimiento;
Aquellos que han cruzado
con los ojos fijos, al otro reino de la muerte
nos recuerdan —si lo hacen— no como perdidas
violentas almas, sino sólo
como hombres huecos,
hombres rellenos de paja.
II
Ojos que no me atrevo a mirar en sueños
en el reino de los sueños de la muerte
Ellos no aparecen:
allí, los ojos son
rayos de luz sobre una columna rota
Allí, hay un árbol balanceándose
Y las voces son
en el canto del viento
más distantes y más solemnes
que una estrella apagándose.
No me dejen acercarme más
al reino del sueño de la muerte
permítanme también que use
prudentes disfraces
saco de rata, piel de cuervo, cruces de campo santo
esparcidas por el campo
que se comportan como el viento se comporta
no más allá
Ni siquiera en ese encuentro último
en el reino de las penumbras.
III
Esta es la tierra muerta
Esta es la tierra de los cactus
Aquí se levantan
imágenes de piedra, aquí reciben
la súplica de la mano de un hombre muerto
bajo el parpadeo de una estrella agonizante.
¿Es esto así
en el otro reino de la muerte
despertar solos
a la hora en que temblamos de ternura?
labios que podrían besar
formulan oraciones a la piedra rota.
IV
Los ojos no están aquí
No hay ojos aquí
En este valle de estrellas moribundas
En este valle hueco
Esta mandíbula rota de nuestros reinos perdidos
En este último de los lugares de encuentro
andamos a tientas, juntos
evitando hablar
reunidos en esta orilla del caudaloso río
Ciegos, a menos
que los ojos reaparezcan
como la perpetua estrella
la rosa de múltiples hojas
del reino crepuscular de la muerte
La única esperanza
de los hombres vacíos.
V
Damos vueltas alrededor del nopal
el nopal el nopal
damos vueltas alrededor del nopal,
A las cinco de la mañana.
Entre la idea
y la realidad
entre el gesto
y el acto
cae la sombra
Porque Tuyo es el Reino
Entre la concepción
y la creación
entre la emoción
y la respuesta
cae la sombra
La vida es muy larga
Entre el deseo
y el espasmo
entre la potencia
y la existencia
entre la esencia
y el descenso
cae la sombra
Porque Tuyo es el Reino
Porque tuyo es
la vida es
porque tuyo es el
Así es como acaba el mundo
así es como acaba el mundo
así es como acaba el mundo
No con una explosión sino con un gemido
miércoles 26 de agosto de 2009
sábado 22 de agosto de 2009
Silencio (Parte VI y última)
Mi día se abría vacío. Tenía todo el día para estar inmersa en la nada. La mañana estaba gris. El frío había quedado aprisionado en la ciudad por las nubes. No sabía qué había sido de Andrés. Nadie me hablaba de él, como si se hubieran puesto de acuerdo en no nombrarlo delante mío. Él, su nombre, su cuerpo se habían perdido de la misma manera. ¿Caminaría por las calles? ¿Habría caminado en algún momento por las mismas calles por las que yo había caminado antes o después; preanunciando sus pasos o siguiéndolos? Yo había creído recorrer su ciudad. Pero él no dejaba rastros. La ciudad se los tragaba. Ya no sabía qué hacer para encontrarlo casualmente.
En el contestador había dos mensajes de Federico para Tamara. El primero me mostraba que se habían visto el jueves. ¿Por qué Tamara venía a dormir a casa? Lo cierto es que yo ya no la estaba viendo más que en las noches; dormida. Otro mensaje era de ayer a la tarde. Llamaba para combinar para verla a la noche; antes de colgar le decía palabras íntimas. Eso me hizo sentir como si estuviera espiándolos, inmiscuyéndome. Colgué el teléfono, incómoda.
Llegué al bar. Abrí el libro. Me movía en la silla con impaciencia; ese día no podía imponerme tranquilidad. Miraba para todos lados. Cada vez que entraba alguien, levantaba la vista. La realidad me aplastaba en mi asiento. Cuando alguien entraba, no entraba Andrés. Sólo bastaba el ruido de la puerta para volver a esperarlo. Hubiera preferido que nadie entrara para no tener que confirmar mil veces su ausencia. ¿En qué momento decidir que no hay ninguna posibilidad de que llegue en cada llegada? Ese día el bar estaba muy visitado. Eso me hacía ver su llegada como más posible. Un encuentro tiene mucho de probabilidad, de azar. ¿Él también estaría queriendo verme en algún lugar de esta ciudad?
El fin del día le puso fin a mi espera. Me levanté, y salí del bar. Caminé por las calles frías. La gente que venía a mi encuentro sólo valía de una única manera. No eran él. Tomé el colectivo.
Me paré enfrente de la puerta. Estaba cerrada. Crucé la calle, y me senté en el escalón de la entrada. El frío me lastimaba. Toqué la madera de la puerta. Estaba fría pero había algo cálido en ella, cierto calor contenido a pesar del frío. Imaginé que esa puerta encerraba vida adentro. La vida respiraba a través de ella, salía a la calle hasta perderse en el frío.
Yo ya me había hecho una rutina de búsqueda, y me aferraba a ella como una niña a su trapito para dormir. Nada había más familiar para mí estos días que esos recorridos. De alguna manera, ese era el mundo de Andrés. Todo lo que estaba por afuera de él era un mundo inhóspito, ajeno, amenazante.
No sé cuánto tiempo estuve ahí. Esa noche la puerta se había abierto varias veces. La gente me pedía permiso para pasar. Me miraban con desconfianza. Alguien temblando, sentada en la entrada, algo perdida, no da tranquilidad. Nadie se animó a preguntarme nada.
En un momento no pude más, me levanté y me fui.
Llamé por teléfono a Ginés. Atendió diciendo, aló. Eso me dejó sin palabras. Hola, dije después de un rato. Pensé que Ginés tal vez era francés. Me di cuenta de que todo lo que yo podía pensar sobre Ginés rimaba con su nombre. Le dije quién era yo, e inmediatamente le pregunté si escribía poesía con rima. Me pareció evidente que lo haría, pero él me dijo que a esta altura la rima era algo muy burdo. Su vida, sin embargo, tenía rima para mí; pero no se lo dije.
Quedamos en vernos esa noche. Volví al Imaginario y lo esperé ahí. Con cada sonido levantaba la vista. En un momento se abrió la puerta. Cuando lo vi a Ginés, lo vi a Andrés. No su copia, sino él. Ginés era Andrés que entraba. Una alegría inmensa me tomó todo el cuerpo. Temblaba; por primera vez no de frío. Por fin, pensé. Una sonrisa inconsciente empezó a dominarme. Hoooola, le dije. Pronto la sonrisa se transformó en risa. Ginés me miraba con precaución e indiferencia. Esa indiferencia fue un bálsamo para toda la soledad y el frío. Me reí, me reí con una estúpida alegría. La felicidad era inmensa, borracha.
domingo 2 de agosto de 2009
Silencio (Parte V)
Esa tarde había querido dormir la siesta porque a la noche tenía una reunión. Tenía una ligera esperanza de verlo a Andrés allá. El teléfono sonó otra vez. Fui a atender. Era para Tamara, un tal Federico. Supongo que era esperable que diera este teléfono. Le decía que si quería salir esa noche, lo llamara. Tamara había estado moviéndose, circulando en la ciudad. ¿Cuándo pensaba contármelo? Yo me movía, y mis movimientos no llevaban a ningún lado. Moverse a veces tiene una quietud singular. El Imaginario era el bar al que seguramente Andrés nunca iba. Yo ya estaba cansada de la oscuridad y del frío; de destrozarme los ojos por leer sin luz; de pagar cafés que no quería tomar; de congelarme frente a la puerta. Nunca me había parecido esta ciudad humeante tan vacía y deprimente. Era una tristeza seca la que me ofrecían sus calles.
Entré a la reunión con temor. No sé qué me daba más miedo, si no encontrar a Andrés o encontrarlo finalmente. Eché un vistazo rápido por el lugar; una mirada urgente. Había alguien de espaldas con un vaso de vino que me hizo estremecer. Respiré profundo, tomé aire. No podía creer mi suerte. De todos los lugares del mundo, él estaba ahí repentinamente al alcance de mi mirada. Vino alguien a saludarme y lo abracé con fuerza y una sonrisa que me desbordaba. El hombre con el vaso de vino se dio vuelta hacia mí. No era Andrés. Se le parecía, pero no era. Probablemente yo ya ni siquiera supiera cómo era él verdaderamente. Andrés había perdido realidad para mí. Algo como de metal me rasgó el estómago. Traté de recomponerme y de saludar al resto de la gente. Tuve ganas de volver a mi casa, pero esa noche Tamara salía con el tal Federico y probablemente irían allá. Ella me había preguntado a qué hora pensaba volver. Me pareció que esa pregunta encerraba una planificación, un cálculo. ¿Dónde pensarían coger, en mi cama? Me puse a hablar con el chico parecido a Andrés. Movía sus manos como él, hablaba como un calco de él, miraba con la misma indiferencia. En un momento se me ocurrió que debía ser su hermano gemelo, y que la indiferencia de su mirada era genética. Dos veces Andrés por Buenos Aires y yo no había podido dar con ninguno hasta ahora. Lo miraba de cerca, viendo aparecer la tenue sombra de Andrés en cada gesto. Él aparecía como una bruma que no alcanzaba a tocarme. Una pálida luz que no calienta. Pensé que todo ese parecido era justamente lo que lo hacía diferente. Su diferencia de Andrés era parecerse tanto a él. Me estaba sintiendo un poco mareada. Los límites de las cosas se me estaban confundiendo. Toda la búsqueda desaforada de estos días por las calles oscuras y frías me había dejado un poco aturdida. Me dijo su nombre. Ginés. Ese nombre me pareció imposible. ¿Estás seguro de que te llamás así?, le pregunté sin pensar. Después me di cuenta de que Ginés rimaba con Andrés, y en esa musicalidad lo contenía. No podía creer las casualidades de la vida. Pensé en una señal. Su nombre tan raro sólo me pareció una excusa del mundo para nombrar a Andrés. Todo me estaba pareciendo esa noche conectado con todo; y todo con Andrés. Esto ya me estaba superando. Hablamos largo rato con Ginés. Él, al igual que Andrés, escribía; pero escribía poesía. Esa variación me pareció superadora de Andrés. Ginés lo corregía. Siempre me había dado pena que Andrés no escribiera poesía. Igualmente, como gesto automático, estúpido, le pregunté por qué no escribía cuentos o novelas. Mi pregunta fue una especie de cuestionamiento por alejarse de su modelo. Le dije en forma mecánica que se podía decir muchas más cosas con ellos. Ginés me respondió contundentemente. Negó con la cabeza. Todo lo importante que hay para decir del mundo sólo se puede decir en la poesía, dijo. Hay algo infinitamente triste en la lengua de las novelas y los cuentos. Una novela, un cuento son lamentos encerrados en la temporalidad. Estaba convencido de que sólo la poesía transportaba el deseo. Me dijo que la intensidad de la poesía la convertía en un presente eterno; sin la sucesión que todo lo gastaba. El tiempo atraviesa todas las cosas; y las desgasta, las pudre, las mata. Me quedé mirándolo en silencio. El silencio cubrió todo como polvo. Somos sucesión, y morimos, pensé. Andrés era una intensidad fulminante. Su ausencia era devoradora. Ginés me daba algo de calma.
Habían pasado las horas como instantes. Me pareció que era muy tarde; el cuerpo registraba el paso del tiempo. Tenía un cansancio de muerte. Las horas se habían acumulado en mi cuerpo como en un desarmadero. Pensé que llegaría arrastrándome a casa. Le pregunté a Ginés la hora en un verso que se me ocurrió en el momento: Ginés, Ginés, ¿qué hora tenés? Él me miró, y en su boca apenas se dibujó una sonrisa. Eran las 5 de la mañana. Supuse que para ese entonces el tal Federico ya se habría marchado. Me despedí de Ginés.
jueves 16 de julio de 2009
El silencio (Parte IV)
Caminé por las calles oscuras. La ciudad es un hormigueo. No hay un sólo lugar vacío para estar yo y mi conciencia. Cuántas veces se puede ir a un bar y no encontrar a alguien. La ciudad se desplegaba delante de mis pasos como un sendero. Me encontré caminando por la calle Chile. No podría decir cómo había llegado ahí, qué calles había tomado, por qué esquinas había doblado. Seguí hasta Balcarce. Me paré frente a la puerta de su casa, del otro lado de la calle. No había decidido ir ahí, ni pensaba en hacer algo. No pensaba en nada, sólo estaba ahí parada, mirando la puerta. Era un espacio en blanco mi mente. Solamente la habitaba la puerta que veían mis ojos. Una puerta, esa puerta. A veces pasaba un colectivo y me la tapaba. Cuando volvía a verla cerrada, sin rastros de haberse abierto, algo se desplomaba. Era un relámpago la ilusión.
Una persona se paró enfrente mío. No entendía cómo podía no darse cuenta de que me estaba tapando. Escribía un mensajito de texto en su celular. La miré con odio. Esperé a que se corriera por su propia voluntad. El mensajito parecía ser largo. Puse mi mano en su espalda, y sin decirle nada la corrí unos pasos. La puerta apareció a mi mirada como por primera vez. Había algo terco en su forma de permanecer cerrada. Notaba que la chica se me había quedado mirando. Había dejado de escribir. En ningún momento yo la miré. Finalmente se fue diciendo algo que no alcancé a escuchar. Una puerta cerrada tiene algo de negación, de rechazo. El frío de esta ciudad inhóspita era ensordecedor. El frío en la noche duele. Yo era una estatua congelada. Empecé a temblar. El tiempo había pasado como si fuera un instante denso. Cómo podía ser tan corto esperar. ¿Por dónde se movía? ¿Con qué personas hablaba? ¿Cuándo entraba y salía? No pude soportar más el frío y me fui.
Cuando estaba llegando a casa, vi un cuerpo apoyado sobre mi puerta. Era Tamara. Cada vez que llegaba, estaba ella esperando para entrar a mi casa. Parecía que había decidido mudarse a vivir conmigo sin decírmelo. Hace mucho frío, me dijo cuando me vio. Tenés que darme unas llaves. Yo sólo la miré. Supongo que no darle las llaves no evitaría nada. Me preguntó dónde había estado. Le dije que había tenido que hacer unas cosas. Mi respuesta tan vaga fue suficiente para ella. Me habló de Sergio. Estaban discutiendo si lo que había pasado, había pasado. Sergio todavía seguía negándoselo. Esa situación podía ser eterna. Era como si Tamara necesitara la aceptación de él para considerarse plenamente engañada. No sé por qué no le bastaba con sus propios ojos. No estaba de ánimo como para decirle nada. Si ella quería quedarse empantanada ahí, era su decisión.
El frío me estaba desmoronando. Estar en mi casa era como estar afuera en la calle. Todo era frío, los ambientes, mi cuerpo, el silencio.
domingo 28 de junio de 2009
El silencio (Parte III)
Cuando oscureció por completo, el bar pareció iluminado por el contraste con la noche. Habían entrado dos personas. Estar sola en un bar de tarde tiene cierto encanto, pero de noche el encanto se pierde. Me fui.
En la puerta de casa estaba Tamara esperando. ¿Dónde te habías metido?, me dijo, apenas me vio. Le dije que había ido a leer a un bar. Estoy hace más de una hora esperándote. No me había dicho que venía, así que no tenía por qué estar en casa. No le dije nada. Tamara quería entrar, y estaba impaciente. Mientras yo intentaba abrir con la llave, ella se pegaba a la puerta como intentando abrirla por su misma fuerza. No me dejaba maniobrar bien. Eso nos demoraba más. Empezó a sacudir las piernas de la impaciencia que tenía. Me molestó tanto que le dije: a ver si te corrés un poco. Ella se movió un poco pero aún así seguía sin darme espacio. No entendía cómo no se daba cuenta del bulto que era su cuerpo. El siguiente paso era empujarla.
Entramos. Ella primero. Subió rápido las escaleras. Sergio usa nuestra casa de telo, me dijo mientras subía. No dijo nada más en todo el trayecto.
Le preparé un café. Cuando se lo llevé a la sala, estaba retorciendo la tela de su remera. Quiere volverme loca, dijo y se largó a llorar. Lloraba con un desconsuelo que partía el alma. El llanto la hacía temblar. Me quedé mirándola un rato. De golpe se calmó. Se quedó inmóvil dejando la boca abierta. Parecía retardada. Un hilo de baba le colgaba de la boca. No entendía cómo no lo notaba. Muchas veces es posible saber lo que pasa en nuestra propia cara. Se siente una presencia extraña. Ella debía sentir un frío en esa zona. Parecía estar anestesiada. En seguida le empezó a correr baba del otro extremo de la boca. No hacía nada para evitarlo. Me empezó a preocupar esa ausencia de sí. Con los dos hilos a los lados de la boca algo animal había aparecido en ella. Me dio cierto temor. No supe qué hacer. Intenté mirar a sus ojos y mantener mi vista fija ahí. En su mirada no encontré la calma. Era una mirada deshabitada. Me dijo algo que no alcancé a oír. Todo lo que pasaba frente a mí era como si me tapara los oídos. Traté de concentrarme en sus palabras. Le pregunté si había intentado hablar con Sergio. Ella se me quedó mirando. Los hilos de baba brillaban. Sentí miedo. Pensé que me iba a atacar como a una presa enemiga. Sin darme cuenta le dije: por favor. Eso la sacó del trance. Te vengo diciendo que hablé con él, me dijo por fin. Escuchar su voz humana me dio un alivio enorme. ¡Qué bien! Exclamé. Ella volvió a mirarme en silencio. Yo nuevamente había hecho algo mal. Su expresión no era tranquilizadora. Toda nuestra comunicación era muy frágil, y yo no me estaba pudiendo concentrar.
Me contó, seguramente por segunda vez, que Sergio le había negado todo, cuando ella se lo había dicho. Es como si te negara la existencia de tus propios ojos, y te dijera que en realidad tenés dos agujeros, le dije. Eso la hizo estallar nuevamente en llantos. Yo no la estaba ayudando. Esta vez la transformación que se produjo en su cara fue más radical. La cara se le empezó a deformar. Había adquirido vida propia. Era como una ameba deslizándose. Aparecieron movimientos que traté de pensar como tics. Un temblor que había empezado en el ojo se le estaba moviendo por el cachete. Yo me había quedado mirándola ajena a su dolor. No sentía ningún tipo de compasión por ella, sólo un rechazo total. Había empezado a hacer ruidos extraños al respirar. Evidentemente el llanto la estaba ahogando. Cerré los ojos. Me puse a pensar en la Tamara que conocía. Hice un esfuerzo por vencer el asco. La abracé con cierta aprensión. Lloró en mis brazos un rato largo. Poco a poco se fue calmando. Es verdad que vi lo que vi, ¿no?, me decía.
Cuando la solté, su cara había retomado la forma y estaba seca. Era evidente que se había secado en mi pullover.
Toda la situación con Sergio le había dejado un cansancio sin límites, le había destrozado los nervios. Él se lo había negado con una calma terrorífica. Ella había llegado a dudar si lo había visto.
Se fue quedando dormida por etapas. Fue como si su conciencia estuviera formada de compuertas que se fueran cerrando una a una. Toda su entrada en el sueño tuvo algo de submarino sumergiéndose en el océano. La noche sería cruel con ella.
Salí nuevamente hacia el bar. Decidí ir un poco más tarde y quedarme menos. El lugar estaba bastante vacío. No sé por qué se empecinaban en abrir de día si no iba nadie. Mantuve mis esperanzas por un rato. La semi penumbra me adormecía. Nadie con un sueño tremendo va a un bar a leer. Pagué la cuenta.
domingo 7 de junio de 2009
Silencio (Parte II)
Ella estaba hecha una furia, así que me quedé tranquila. Había vuelto a encontrar a su novio con la misma persona. Pero el hombre no era un hombre. Era una mujer. Tiene el pelo tan corto que pensé que era un hombre. Parece un varón. ¿Estás segura? Le pregunté. Su voz la terminó de convencer. A Sergio le gustan las machonas, dijo. Bueno, quizás no es machona, solo tiene el pelo corto. Tamara me miró con furia. Pensé que me iba a pegar. Inmediatamente me corregí. Le dije que seguramente era una tarada. No era el momento de ponerme a defender a una persona que ni siquiera conocía.
Me dijo que no estaba para ir esta noche a la reunión en lo de Santiago, que mejor nos quedáramos. Eso no estaba en mis planes. Le dije que le iba a hacer bien ir, que se distraería. No parecía con muchas ganas de distraerse. Le dije que podíamos ir un rato y que cuando se quisiera ir, nos iríamos. No pareció interesarle la propuesta. Se lo juré. Estaríamos un rato nomás, nos iríamos a las 12 en punto. Se largó a llorar. La abracé y le di unas palmaditas en la espalda. Te lo juro, te lo juro.
Salimos bastante temprano. Después de insistir tanto yo había logrado que nos fuéramos. No la había convencido, ella sólo había salido de la casa como un zombie. En un momento se levantó y se puso el saco. Yo fui corriendo a buscar mi saco y mi cartera para no darle tiempo a arrepentirse. Me había dado cuenta de que era muy temprano, pero esperar era un riesgo. Le propuse tomar el colectivo pensando en hacer tiempo. Tamara se paró en la parada como dormida. Parecía haberse dormido de pie. Ni siquiera sé si es lindo, me dijo de golpe. ¿Quién? Ella, la de pelo cortito. Me había dicho “lindo” pero me pareció que no tenía que ponerme puntillosa con las palabras. Pensé que quizás ella no estuviera del todo convencida de que fuera una mujer. Subimos al colectivo. La tuve que llevar de la mano porque no se movía de la parada. Sólo le vi el culo, me dijo mientras yo pagaba el boleto. No estaba teniendo mucha conciencia de su alrededor. Habló alto. Tiene el culo perfecto como un varón. Nunca había pensado que los varones tuvieran el culo perfecto. Seguramente tenía el culo perfecto como una mujer con el culo perfecto. No sé por qué tenía que parecerse a un varón por eso. Pensé en la situación en la que Tamara le vio el culo. Me quedé en silencio.
Fuimos las primeras. Santiago nos abrió la puerta con cara de sorpresa pero no dijo nada. Nosotras entramos como si nada. Hubiera preferido que Andrés llegara primero para que me viera entrar. Siempre es mejor ser el que entra. La entrada hace volver la mirada. En el momento en el que se abre una puerta algo parece estar por ocurrir. Es un instante de pausa y espera. Pensé que debía estar bailando. Mi movimiento estaría a la par de su movimiento al entrar. Bailé toda la noche.
Era muy tarde y Andrés no llegaba. Yo ya no daba más de bailar. Los pies me dolían. ¿Dónde había ido si no había venido acá? ¿A qué otra reunión? ¿Por dónde se movía? Esta ciudad de mierda es un laberinto. ¿Estaría en su casa? Pensé en ir a tocarle el timbre. Su casa estaba cerca. Podría decir que pasaba por ahí y quería ver si iba a lo de Santiago para irnos juntos. Lo traería a la fiesta. La reunión sin él no tenía sentido.
Andrés entró en el momento menos esperado. Yo justo estaba parada frente a la puerta mirándola. Al verlo no pude evitar poner una cara de alegría, y suspirar. Él me miró sin mucha sorpresa, sin mucha expresión. Me saludó. Yo estaba temblando.
Se sentó en un sillón y se puso a hablar. Cuando la persona que estaba sentada al lado suyo se paró, yo me senté ahí. Andrés me sonrió. ¿Llegaste bien el otro día?, me preguntó. Sí, claro, era muy temprano. Le conté que había caminado por Chile hasta Tacuarí. No, Tacuarí no, era Chacabuco. Dudé. O quizás fuera Piedras. Me parece que era Piedras porque no era tan cerca de la 9 de julio. Vi que él se distraía un poco. Le pregunté: porque, ¿cuál es la cuadra en la que está el bar ese en la esquina? Hay muchos bares, me dijo Andrés. Un bar que no estaba antes ahí. Hay muchos bares nuevos, volvió a decirme Andrés. Uno que tiene un piano. ¿El Seddon?, me dijo. Puede ser, ¿cuál es esa calle? Defensa. Entonces yo doblé dos cuadras después. No, creo que fueron tres; pero pueden haber sido dos. En Chacabuco o en Piedras, me dijo Andrés y se levantó. Voy a buscar algo para tomar.
Cuando volvió, Santiago le preguntó si había pasado por el Imaginario. Me sonaba ese nombre. Andrés dijo que había pasado un segundo. Se quedó charlando con él.
Tamara se me acercó y me dijo que nos fuéramos. Yo casi me muero. Andrés acababa de llegar. ¿Segura de que te querés ir?, le pregunté. Estuve a punto de darle las llaves de casa para que se fuera ella. Insistió. Salimos a la calle llena de luz y de gente.
sábado 30 de mayo de 2009
Silencio (Parte I)
Crucé la calle.
La noche era espesa como los bostezos de Andrés. La gente recién estaba empezando a salir. Quizás Andrés simplemente estuviera cansado. Muchas veces yo me había sentido como si fueran las 5 de la mañana cuando apenas eran las 11. Nada puede decirnos el reloj. Después de todo a él le había parecido un gusto conocerme. Bostezar es un acto incontrolable, casi como un tic. Nada hay más difícil de ocultar. La cara se deforma. Cuántas veces yo había quedado poseída por una crisis de bostezo, y eso no tenía nada que ver con que la persona me aburriera. El otro día, sin ir más lejos, empecé a bostezar en un momento en el que Tamara me contaba que había descubierto a su novio con otro hombre. Cómo podía aburrirme algo así. Tamara lo contaba llorando, estaba en shock; y yo no podía parar de bostezar. Inventé un montón de estrategias para que ella no se diera cuenta. Me tapaba la cara fingiendo una sorpresa extrema. No es que la situación no me hubiera sorprendido en grande; pero los bostezos y mi preocupación por ocultarlos estaban en primer lugar. Tamara se dio cuenta y me empezó a mirar con cierto recelo. De todos modos siguió contándome y llorando hasta largas horas de la noche. Cuando fuimos a dormir, yo me desmayé. Mi cuerpo había quedado exhausto.
Tamara llamó a la mañana para preguntarme cómo me había ido con Andrés. Le dije que era muy pronto como para saber algo, y no le di mayores detalles. Me contó que él seguramente estaría en la reunión en la casa de Santiago. Esa situación me pareció de lo más favorable para un encuentro casual. Yo iba a una reunión. Si él también iba no era algo que dependiera de mí. Seríamos dos personas que se cruzan en una reunión tan irresponsablemente como en un encuentro en la calle. Quién puede tener el dominio completo de la ciudad de cada uno. Algo azaroso siempre ocurre.
martes 19 de mayo de 2009
Nadie (Parte IV y última)
Llamé a Mariela. Lo primero que me dijo fue: ¿viste lo de las plantas? Yo le dije que podíamos comprar otras más lindas. Pero seguramente también se las llevaría, me contestó. Le dije que Santiago no podía estar eternamente llevándose cosas. Mariela no pareció muy convencida de eso. Había llegado a pensar que Santiago siempre seguiría entrando a la casa para llevarse cosas. Me contó también que antes de irse había comido la comida que tenía preparada para la cena. Le habrá gustado porque comió mucho. Esa noche iba a cenar Irene. Cuando llegó Irene, se dio cuenta de que la comida no alcanzaba para las dos. Tuvieron que comprar pizza. Mariela estaba muy preocupada porque pensaba que la siguiente vez se llevaría un florero que ella adoraba. Él todavía no lo había notado. Cambiá la cerradura, le dije. Mariela se quedó en silencio. ¿Te parece?, ¿no será muy abrupto?, me dijo después. Tan abrupto como llevarse cosas cuando vos no estás. A vos te parece que está mal eso, ¿no? Esa pregunta ponía en mí la responsabilidad de definir la situación. Le dije que no sabía si estaba mal pero que era abrupto. No quise asumir la responsabilidad. ¿Qué te parece que haga? Otra vez Mariela empezaba con las preguntas. Sus preguntas parecían una estrategia para evadirse de la situación. Yo sola me metía de nuevo en la boca del lobo. Su enojo inicial me había distraído. ¿Pensás que tengo que cambiar la cerradura? Podés cambiarla si querés. ¿Te parece que eso va a impedir que entre? No se me ocurría otra forma de impedirle a alguien entrar. No entendía cómo podía hacer esa pregunta. Quizás Mariela pensara que Santiago era algo así como un dios todopoderoso. ¿Vos decís que tengo que denunciarlo para que no se pueda acercar a la casa? En ningún momento yo había dicho algo así. No me quedaba claro si me estaba preguntando mi opinión sobre una idea suya o reafirmando supuestas palabras mías. Me estaba empezando a parecer peligrosa esa conversación. Le dije a Mariela que iba a su casa para acompañarla.
Le dejé una nota a Tomás sobre una nota vieja que él me había dejado. No tuve más que continuarla. Vuelvo tarde, me había puesto; yo continué escribiendo: porque me quedo a comer en lo de Mariela. Tenés una tarta en el horno. No desperdicies muchos fósforos. Lo que sobre, ponelo en la heladera.
Cuando llegué a lo de Mariela, estaba Irene. Tenía una cara terrible. Me saludó seca. Parecía enojada. En un momento me dijo: ¿no te parece que la solución es hablar con Santiago para arreglar sus problemas más que cambiar la cerradura? Le dije que sí, que hablar siempre era mejor. Irene siguió mirándome con cara de enojo. Al parecer mi consejo le había parecido muy fuera de lugar. Mariela seguía obsesionada con el florero. Me lo mostró. Le dije que era muy lindo, que si quería podía guardárselo en mi casa para evitar que Satiago se lo llevara. Irene otra vez me miró con cara de reproche. O podés también hablar con Santiago, dije para calmar los ánimos. Todo este asunto me estaba cansando. Me senté en un sillón, y me quedé callada el resto de la noche.
Cenamos. Mariela estaba verdaderamente desencajada. Toda la situación la había destrozado. Era desesperante verla así. En un momento dijo que le daba miedo abrir la puerta, que estaba pensando en mudarse. Hacer como Santiago, llevarse todo. Me pareció una buena solución. Esa casa estaba demasiado impregnada de Santiago. ¿Vos creés que una casa puede deshacerse de una persona?, me preguntó. No sé por qué estando también Irene seguía preguntándome a mí sola. No tenía ni idea de qué manera se producía eso. No podía imaginar mi casa sin las marcas del paso de Tomás por ella. Pensé que Mariela era muy valiente al abrir la puerta cada día, y entrar en lo que quedaba de una vida en conjunto rota. Volvió a decir que se mudaría. Bajito, para que no escuchara Irene, le dije que me parecía lo mejor.
sábado 9 de mayo de 2009
Nadie (Parte III)
A la mañana me desperté como si me hubiera acostado recién. Abrí los ojos, y era de día. No sé por qué se despierta uno. El sueño profundo siempre fue la mejor forma de dormir para mí, porque no hay sueños que registren el paso del tiempo. Nada más que la placidez que se siente al despertar. Un tiempo que pasa por el cuerpo solamente. Tomás dormía. Quién sabe cuánto tiempo más se había quedado mirando el techo. Me levanté.
Irene llamó para proponerme que desayunáramos juntas. Eso era un buen acercamiento de su parte, un buen gesto. Quizás todo su enojo se le estuviera pasando. Yo no era la causa de su tristeza, y probablemente se estuviera dando cuenta de eso. De todos modos, cierto instinto de preservación me hacía dudar de verla esa mañana. No quería empezar el día con la tensión que genera el reproche. Insistió. Quedamos en que viniera. Apenas corté el teléfono, sonó el timbre. Era Irene. Me había estado hablando desde la puerta de mi casa. Bajé a abrirle. Vine lo más rápido que pude, me dijo con una sonrisa. Veloz como un rayo, le contesté. Vi que en sus manos no traía nada para desayunar, y en casa no había nada tampoco. Temí un enojo de su parte. Le propuse ir a comprar facturas. Compré también el diario. Alguna noticia podría ser un buen camino para pasar a otro tema si una mirada o un comentario suyo lo requiriera.
Irene me contó que su psiquiatra le había dicho de reducir la dosis de antidepresivos. Eso la había puesto muy contenta. Me alegré yo también al ver que su depresión estaba en movimiento. Hablamos de Mariela. Al parecer había puesto plantas en los lugares en los que Santiago se había llevado las lámparas. Quería poner vida en ese despojo. El problema era que la casa de noche era lúgubre. La oscuridad no permitía ver tampoco las plantas. De día quedaban las plantas sobre mesas claramente puestas para lámparas. Todo se veía muy raro. A Mariela le parecía haber encontrado la solución perfecta y nada la hacía cambiar de opinión. Prefería la vida a la luz. Pensé que puesta en esos términos no parecía una decisión tan desacertada.
Tomás apareció con cara de dormido y en pijama. Irene y yo dimos un salto. Me había olvidado de que Tomás estaba en casa durmiendo. Irene se fue porque se había dejado los antidepresivos en su casa, y era la hora de tomarlos.
jueves 30 de abril de 2009
Nadie (Parte II)
Llegué a lo de Mariela. Era evidente que faltaban cosas, no entendía cómo no se había dado cuenta a primera vista. Su tristeza la mantendría ausente del mundo. Llorando me preguntó qué pensaba. No había mucho que pensar, todo estaba a la vista. Los huecos de la casa eran como notas que Santiago hubiera dejado: no vuelvo más, no lo dudo ni un segundo, me llevo todo, te quiero lo más lejos posible de mí. No podía creer que me lo preguntara. No supe cómo responderle. ¿Pensás que es posible recuperarlo?, me preguntó Mariela. Su nueva pregunta me alarmó. Estaba pasando a preguntas más complicadas de evadir en forma cortés. El llanto la distrajo; yo fui a hacer un té. Nos sentamos en la sala a tomarlo semi a oscuras por las lámparas que se había llevado Santiago. Esa oscuridad en la que la había dejado me pareció inhumana. Yo tengo una lámpara que te va a quedar bárbaro en esa mesa, le dije. Eso la animó. Tapar los huecos le pareció una buena solución. ¿Creés que signifique algo que se haya llevado la mesa de luz? Esa noche estaba especialmente atestada de preguntas. Lo que sus preguntas mostraban era una incomprensión absoluta de toda la situación. El dolor, la sorpresa la habían vuelto incapaz de ver lo evidente. Pensé que no era prudente adelantarme a su capacidad de comprensión. Tocó el timbre Irene. Me dio cierto alivio porque ya estaba empezando a tener miedo de las preguntas de Mariela. Irene me saludó distante. Todavía guardaba algo de enojo hacia mí. Preferí no preguntarle cómo estaba. Le hablé directamente del tema apremiante: Santiago se llevó cosas como un ladrón. ¿Vos pensás que me está robando?, me preguntó inmediatamente Mariela. Parecía perdida en sí misma pero estaba atenta a todo. Ella tomaba con mis palabras un camino propio. No supe qué decir; le dije: un ladrón que roba sus propias cosas; pero un ladrón finalmente. Me miró con cara de confusión. ¿Era un ladrón o no era un ladrón?, parecía estar pensando. Irene le pidió un vaso de agua porque tenía que tomar unas pastillas: antidepresivos, dijo; y me miró.
Pusimos música. Mariela quiso escuchar un disco que era de lo más triste. Nos fuimos poco a poco deprimiendo las tres a medida que la música nos envolvía. Estuvimos todo el disco en silencio, mirando la casa semi vacía. Cuando terminó, Mariela fue a ponerlo otra vez. No fue lo mismo. No se repite lo mismo, lo mismo. La tristeza permaneció pero ya no era tan verdadera, como si estuviera en primer plano la obligación de sentirla. Una tristeza detrás de un vidrio.
Me fui a casa. Irene se quedó con Mariela. Cuando me despedí, el disco sonaba por tercera vez. Me pareció que ni Irene ni Mariela resistirían mucho tiempo más esa música; las destrozaría. Mariela me bajó a abrir. Irene casi ni se enteró de que me iba; la música la tenía ida. Seguramente seguirían escuchándola hasta que el sueño la apagara por ellas.
viernes 24 de abril de 2009
Nadie (Parte I)
A la mañana el sol o algún ruido me despertó. Tomás roncaba a mi lado. Me llamó la atención el volumen de sus ronquidos, eran más fuertes que nunca. El alcohol le habría hinchado las fosas nasales y no podría respirar bien. Quién sabe a qué hora había vuelto anoche. Me levanté. Cerré la puerta y el sonido de sus ronquidos disminuyó. Poner algo entre ellos y yo, los llevó lejos. Desayuné en silencio, no quería despertar a Tomás.
Mariela llamó. Estaba mal porque Santiago le había dicho que necesitaba tiempo. Me dijo de ir a verla. Tomás seguía durmiendo. Pensé que dejarle una nota breve sería justo, equitativo. Estoy en lo de Mariela, probablemente coma con ella. Hay comida en la heladera, sólo calentala.
Mariela estaba con los ojos hinchados. La casa era un desastre. No había dónde sentarse ni dónde pisar. Me pareció imposible que una casa se convirtiera en algo así de un día para otro. Su aspecto era terrible. Santiago se había llevado algunas cosas. Parece que antes de decirle que necesitaba un tiempo, le había dicho que no la soportaba más. Por teléfono no me lo había contado. Con esa frase el tiempo parecía algo más permanente. No supe qué decir cuando Mariela me preguntó si creía que volvería. Le dije algo ambiguo: es una posibilidad. La gente frecuentemente me preguntaba ese tipo de cosas. Una vez Irene estaba mal porque había muerto un familiar querido, no recuerdo si su padre o su tío. En un momento me preguntó: ¿se me va a pasar? Yo le contesté con seguridad que sí. A medida que pasaba el tiempo, Irene había caído en una depresión terrible y no mejoraba. Había crecido en ella cierto odio hacia mí. Había tomado mis palabras como una promesa. No se me pasa, me decía con reproche. Yo serenamente le decía que había que darle tiempo. Mi promesa incumplida la enojó mucho conmigo y estuvo un tiempo sin hablarme. Desde ese momento busco las formas de no responder a ese tipo de preguntas. Creés que está con otra, me preguntó Mariela. Quién sabe, respondí. Me contó que muchas veces llegaba tarde a la casa, y se acostaba sin comer. Siempre contestaba que había estado con los muchachos. La visita a los muchachos se había vuelto cada vez más frecuente.
Dejé a Mariela. Despedirse de alguien que está deshecho siempre es un acto de crueldad; un abandono. Se quedó en su casa desarmada, en ruinas. Ella era una ruina más. En ciertas ocasiones las cosas y las personas son un bloque inseparable, no es posible decir con claridad dónde empieza uno y dónde termina el otro. Le propuse venir a mi casa, pero me contestó que estaba Tomás, que le daba no sé qué.
En casa Tomás no estaba. Esta vez la casa estaba en calma, en desuso. Ese silencio marcaba menos el vacío y la ausencia. Puse música. La música poblaba la casa más que cualquier otra cosa, más que los muebles, más que yo.
martes 14 de abril de 2009
El espejo (Parte VII y última)
Compramos mucho vino con Mara, que no faltara. Cuando estábamos limpiando y ordenando todo, se rompió el inodoro de su baño. Mara se desesperó. No puede ser, repetía. Yo le dije que lo clausuráramos, pero no era una solución muy práctica. Llamó a un plomero de urgencia, faltaba una hora para que llegaran todos. Consiguió uno que podía venir inmediatamente pero era bastante caro. Ella le dijo que viniera; después me miró con odio.
El plomero estaba recogiendo sus cosas cuando tocaron el timbre Laura y Pedro. Mara fue corriendo al baño y ayudó al hombre a guardar todo. Metió rápidamente todo en su maletín; le pagó, y lo fue casi empujando hasta la puerta. Lo llevaba tomado del brazo porque el plomero se movía con lentitud.
Poco a poco fueron llegando todos. Era lindo ver desde dentro la forma en que llegaban. No pasó ni una hora hasta que todos terminaron de llegar. También estaba Andrés. Haberla dejado a Paula no era para él razón para dejar a todos los demás. Paula se quedó apartada. Cada dos por tres iba al baño. Noté que eso la ponía nerviosa a Mara, quizás pensara que quedaban rastros del plomero, o que el inodoro podría romperse nuevamente. En un momento que Mara y yo estábamos sentadas en un sillón, se acercó Andrés y se sentó en el medio de las dos. Inmediatamente nos levantamos y nos fuimos a bailar. No habíamos hablado de la declaración de Andrés con Mara porque no habíamos tenido tiempo. A mí, de todas maneras, lo que más me importaba era que ella no me lo había contado.
Tomamos bastante vino, todos evidentemente queríamos distraernos de la presencia de Andrés y de Paula como individuos separados. Su individualidad, su independencia uno del otro, nos incomodaba. Yo veía a Paula y la sentía, aunque deshecha, íntegra. Una separación devuelve la unidad diluida en dos. Lo primero que se recupera es el nombre como algo total. Antes siempre eran Paula y Andrés. Me pareció algo muy bello una mujer recien separada, saliendo, interactuando con los demás. Tuve ganas de decirle que ella era más completa ahora, que su nombre tenía más sentido. Me pareció que ese era el momento más pleno de su nombre, después, si seguía sola, iría perdiendo sentido, como me pasaba a mí.
Fui al baño. Cuando estaba cerrando la puerta, se trabó antes de poder cerrarse. Hice fuerza y sentí una respuesta contraria que le impedía moverse. Alguien había puesto la mano para evitar que se cerrara. Solté mi mano y la puerta se abrió. Andrés entró rápidamente al baño y cerró la puerta detrás de él. Fue un movimiento rápido, preciso. En un segundo ya estaba adentro conmigo. ¿No querés hacerme pis encima?, me dijo. Eso me dio bastante impresión. Me sorprendió tanto que me asustó un poco y di un saltito. No sé por qué él pensaba que había espacio como para pasar de una declaración dudosa de amor a esas chanchadas. No supe qué responder y le dije que no había venido a hacer pis. Él siguió con lo suyo. Me agarró la mano. Yo la dejé quieta, tensa. De lo que tenía ganas era de sacarla, pero no me animé porque me pareció bastante mal educado. Después me acarició el brazo, me hizo cosquillitas. Me quedé congelada de la impresión. En un momento me pregunté si iba a llegar hasta a coger con él sólo por amabilidad, para no ser mal educada. Me tomó la palma de mi mano y empezó a tocarme en el centro con el dedo. Supongo que con eso pensaba que me excitaba. Sentí asco pero aún así no me moví. Estaba paralizada. No sentía nada de deseo por él. Se acercó al oído y me dijo, la tengo a punto de ebullición, putita. Sentí el viento que producían sus palabras en mi oreja. Me dieron ganas de vomitar. Hice una arcada, pero me contuve. Andrés era cualquier cosa menos lo que yo hubiera imaginado. Era como tres personas a la vez. Me las imagino a las dos en la camita y me salta la leche. Él era directamente desagradable, no entendía cómo Paula había estado todo ese tiempo con él. No sé qué era más violento, si sus manos en mi cuerpo o sus palabras. Empezó a tocarme las piernas, llegó hasta la pollera y siguió por debajo. Su mano subía casi temblando. Sin pensarlo, casi como acto reflejo, le di una cachetada. Mi brazo se había movido hacia atrás y había tomado envión, cuando llegó a su cara venía con una fuerza tremenda. Le di vuelta la cara, incluso lo hice perder un poco el equilibrio. No sé cómo había pasado de la inmovilidad total al golpe. Supongo que yo era algo que estaba a punto de estallar. No quise quedarme para ver su reacción; abrí la puerta y salí. La sensación del golpe me hizo sentir muy bien. Sentía una impunidad absoluta. Me senté en el sillón. Andrés no apareció. Paula tomaba vino y charlaba. En un momento se rió. Su risa era luminosa, verdadera. Me pareció admirable que le cupieran momentos de alegría en tanto dolor. Me dieron ganas de abrazarla. Me dieron ganas también de contarle todo lo que había pasado en el baño. Busqué a Mara. No quería contarle nada, sólo quería tener su mirada. A veces su mirada me reconfortaba, era un instante de comprensión inmediata entre nosotras. Me hacía sentir que no estaba tan sola en este mundo, que había alguien que transitaba conmigo los tiempos duros de desamor. Por momentos no quería que el amor apareciera, porque toda nuestra poderosa intimidad se quebraría de una manera. Un amor rompería nuestra inmediatez. Seríamos como dos puntos geográficos entre los que se forma un bosque.
Necesitaba encontrar a Mara, abrazarla. Quería que lo nuestro siempre me siguiera pasando. Aunque sabía que era imposible, era para mí una verdad que estaba más allá de cualquier cumplimiento. Ella no estaba por ningún lado. Caminé por el pasillo hasta su cuarto. La puerta estaba entreabierta y la habitación estaba oscura. Estaba segura de que ahí no estaba, pero aún así entré. En la cama había varios bultos de las carteras y los sacos de todos. Eran sombras densas. En un momento sentí que los bultos se movían. Escuché un jadeo. Me quedé inmóvil. Había alguien ahí que quizás no había notado mi presencia. No quise hacer ningún ruido. Empecé a caminar hacia la puerta. Escuché una voz nítida: te entierro la batata toda junta. Me apuré para salir. Cuando abrí la puerta, alguien había prendido la luz del pasillo, y pude ver que Andrés me estaba mirando. Mara estaba debajo de él con una cara de éxtasis que todavía no puedo olvidar. Ver esa cara en ella fue un shock para mí. Todo lo extraño del mundo aparecía en su mirada. Ella en su deseo era un mundo ajeno. Traté de borrar su expresión, volver a lo que era Mara para mí. Me dio asco que estuviera con Andrés, cómo podía excitarla una persona tan desagradable. Por sus jadeos y su mirada estaba disfrutando en extremo. Traté de borrar esa imagen nuevamente. Me puse a bailar. Bailé con fuerza, saltando, sacudiéndome. Puse la música más fuerte, y seguí saltando. Agarré a todos los que estaban bailando, los abracé y empecé a girar con ellos. Girábamos con fuerza, tiramos una mesa con vasos al piso, y seguimos girando. Paula también estaba ahí, y pude ver que tenía una cara de loca bárbara. Se había sumado al pogo con una energía increíble. Tenía la boca abierta y en los ojos como un fuego. En un momento todos nos caímos al piso. Yo seguí bailando en el piso, moviendo mis brazos. Todos reíamos. Me levanté, levanté a los demás y los hice seguir bailando. Algunos no tenían tantas ganas, podía notarlo en el movimiento de sus cuerpos. Yo los fui agarrando uno por uno de la mano y los hice moverse. En un momento me desplomé en un sillón. Al lado mío cayó Pedro, y encima de él Laura. Sobre Laura se puso Paula que estaba desencajada y gritaba. Pensé que íbamos a empezar una orgía ahí mismo. Otros se acercaron al sillón y se desplomaron sobre nosotros. Sentí una mano que me tocaba la pierna. No estaba segura si era por casualidad o no. Yo había quedado tan muerta del baile y de la visión anterior que no sé cómo pero me quedé completamente dormida al instante; fue casi como un desmayo. No sé qué pasó con mi cuerpo en el momento de mi abandono. Quizás esa mano siguió recorriéndolo. En todo caso no logró despertarme. No había podido distinguir de quién era. Cuando me desperté, estaban todos sentados normalmente como personas civilizadas. Conversaban.
La conversación empezó a decaer. Empezaron a irse uno por uno. Yo les bajaba a abrir. Antes de que se fueran los últimos, Mara se me acercó y me dijo: mejor andá para tu casa. Andrés se va a quedar a dormir. Esas palabras me tomaron por sorpresa. Podía ver en su mirada que Andrés le gustaba en serio. No lo podía creer. Supe que ella y Andrés empezaban. Con los últimos que bajé a abrir me fui yo. Me abrí a mí también la puerta de la casa de Mara. Cuando vieron que yo salía, se me quedaron mirando. Quisieron decirme algo, pero yo rápidamente me despedí de ellos. No quería escuchar palabras tontas frente a los momentos de soledad que se aproximaban.
martes 31 de marzo de 2009
El espejo (VI)
Mara me propuso ir a visitarla a Paula. Yo le dije que no podía. ¿Qué tenés que hacer?, me preguntó inmediatamente, como si esa no disposición mía marcara una oscuridad, una profundidad en mi vida de la que ella no se había dado cuenta hasta ahora. ¿Qué tenés que hacer?, volvió a preguntar. Debí contestar rápido porque se estaba empezando a enojar. Tengo que ir al médico. ¿Qué tenés? Nada. Me miró un segundo en silencio. Mi respuesta la había dejado muda. Tomó aire para decir algo y después se calló. Estaba segura de que sus palabras serían: si no tenés nada para qué vas, y estaba preparando la respuesta. Casi imaginé su voz con tono estúpido. A veces el mundo de Mara era tan simple que quedaba perdida. ¿Querés que te acompañe?, me dijo. No esperaba esas palabras. Le dije que no se preocupara, que no era necesario. No insistió más.
En el momento en el que Mara salía para verla a Paula, llamó Andrés. Nuestros movimientos parecían coordinados. Al vivir tanto tiempo entre nosotros habíamos alcanzado cierto ajuste que se daba casi espontáneamente. Supongo que la situación había quedado planteada así: Mara atendería a Paula, yo atendería a Andrés.
Andrés vino vestido como para una cita. Se lo veía reluciente, no había rastros de dolor por la separación con Paula. No había remordimiento, había hecho justo lo que quería hacer. Me dio un poco de temor su felicidad. Me contó todo lo que yo ya sabía. No terminé de decidirme a decírselo, y lo dejé hablar. Fingí sorpresa, pero sin tanto énfasis. Él en un momento me dijo: te lo esperabas, ¿no? Yo no pude echarme atrás en mi actuación y decirle que yo de ese grupo no esperaba nada, que pensaba que todos estaban muertos, y que su acción me había sorprendido como hacía mucho no me sorprendía nada. Él renacía. No pude evitar sentir atracción por alguien dispuesto a vivir. En un momento pareció cambiar la cara y el tono de voz. Algo grave estaba por suceder. Me dio tanta ansiedad y miedo que casi salgo corriendo. Hice un movimiento instintivo con mi cuerpo, como de levatarme de la silla, pero pude pararlo. Él lo notó y se quedó callado. Había arruinado lo que estaba por decir, lo había alertado. Nos quedamos en silencio un rato, demorados en lo que estuvo por pasar. Traté de decirle con la mirada que ahora todo estaba bien, que ya había reunido valor, que podía decirme lo que quisiera. Ese anuncio me había permitido soportar lo que de primeras era insoportable. Yo ya estaba avisada; mi cuerpo ya había experimentado el susto. No sé si leyó mi mirada, pero volvió a preparar el cuerpo. Estoy invadido por vos, por fín me dijo, no puedo ni dormir. Me quedé mirándolo. Escuchar esas palabras me dio terror. Esas palabras eran mías. Yo las había preparado para Pedro. Oírselas decir a él me llenaba de confusión. Me tapé la boca con las manos. No era la declaración lo que me había aterrorizado, era la repetición. Me aterrorizó que se repitiera algo que nunca había sucedido. Un montón de cosas pasaron por mi mente en un segundo. ¿Cómo las supo?, pensé primero. Mara, pensé después. Pero Mara no las sabía. Pedro; pero él tampoco. En aquel momento yo me había olvidado esas palabras y no había podido decirlas. Pensar en una coincidencia era escandaloso. Andrés pensó que mi cara de terror era por su declaración, y quizás buscando amortiguar su efecto, me dijo: pero también estoy invadido por Mara, es por las dos que me muero. Eso ya era otra cosa completamente distinta. Ustedes dos parecen tener algo infranqueable, a prueba de cualquier cosa. El otro día que te fuiste de la fiesta temprano, y Mara se quedó, pude ver cómo se sentía perdida sin vos. Estuvo todo el tiempo sentada, intentando llamarte a tu casa. Después charlamos un montón, y bailamos. Evidentemente en un momentó a Mara se le había pasado su preocupación por mí. Se había puesto a bailar. En la mañana en su casa no me había relatado nada de eso. Dentro de las cosas extrañas que habían pasado aquella noche, quizás una de ellas era su incipiente interés por Andrés. No pude evitar preguntar: ¿por qué me lo decís a mí, por qué no a las dos juntas? Porque a Mara ya se lo dije. Eso me dejó muda. Fue una nueva revelación, casi dolorosa. Pude ver que Mara me había ocultado lo fundamental. ¿Qué más me ocultaría? No me interesó seguir escuchando a Andrés; me quedé pensando en Mara y en su apuro por verme aquella mañana. Por alguna razón no me lo había dicho. No había mostrado ningún indicio de que ocultaba algo, estaba como siempre, eufórica, activa, alegre y dispuesta a enojarse en un instante. Siempre me había parecido que la buena onda de Mara era traicionera. Su sonrisa contagiosa pasaba en un instante a enojo explosivo. Nada relacionado con una declaración semejante se transparentaba en su cara ni en su trato conmigo aquella mañana. ¿Quién era ella realmente? Andrés seguía hablando solo, yo seguramente parecía escucharlo atentamente. Colado entre mis pensamientos me pareció escuchar de Andrés algunas veces la palabra tres, pero no estoy segura de que no haya sido mi imaginación.
viernes 20 de marzo de 2009
El espejo (Parte V)
El sol entraba en la habitación y me daba en la cara. De mi lado de la cama no había sol. Del lado de Mara el sol me expulsaba. Sentí ruido de llaves. Me quedé inmóvil. La puerta se estaba abriendo. Mara entraba a su casa. ¿Qué hacía acá? Vino directamente al cuarto, a mi encuentro. Cuando me vio, me pregunto: ¿todavía estás en la cama? No le contesté, la miré en silencio, con la mirada fija en sus ojos. Parece que nos levantamos de mal humor hoy, me dijo. Me di vuelta dándole la espalda. Ella se fue a la cocina. Pensar que se iba a poner a preparar mate me enfureció. Me levanté de un salto. La encontré justo con el mate en la mano. Se lo arranqué: me lo das, le dije. Al tirarlo hacia mí, se volcó la yerba. No sé qué, si mis palabras, si mi voz, si mi reacción, la dejó quieta, sumisa. Dejó todo a mi cargo y se fue a la mesa. Ella viviría mi mañana. Llevé las cosas. Agarró el mate que yo le di con sumo cuidado. Me acercó el diario y se llevó una parte. Parece que pasó de todo en el mundo, me dijo con tono alegre. No era la acumulación de hechos en el mundo lo que tenía el poder de modificar mi mañana, sino su llegada. Nada, ni otro 11 de septiembre, tendría más efecto en mí que Mara.
Extendimos esa mañana y la pasamos en silencio. En un momento Mara me contó que después de mi partida se habían desarrollado hechos extraños. Paula se había largado a llorar mientras bailaba. Lloraba bajito y seguía bailando. Le preguntaban qué le pasaba, pero ella no contestaba. Mara había cambiado la música y puesto algo más alegre, pero Paula siguió llorando. En cierto momento todos retomaron el baile. Mara no se acordaba exactamente cuándo había dejado de llorar. Sin mirarme a los ojos, me dijo: y después pasó lo del reloj de Laura, que no estaba. Cambió de tema. Es un día hermoso, podríamos ir a Costanera Sur. Mara era la administradora de nuestro tiempo. En cierto momento consideraba que una situación debía terminarse, que había que pasar a otra cosa. Preparamos todas las cosas necesarias para ir a tomar mate a Costanera. Nuestra tarde ya estaba trazada.
miércoles 11 de marzo de 2009
El espejo (Parte IV)
Hice todo lo que se esperaba de mí. Me duché y me arreglé. En un momento pensé que quizás eso no era lo que se esperara de mí. Terminé de arreglarme y nos fuimos.
Nos abrió Paula con una sonrisa que inmediatamente pensé falsa. Ya habían llegado todos, éramos las últimas, después de todo, no todo podía cambiarse. Nos sentamos a comer inmediatamente; ellos ya habían empezado. Sentarse a una mesa empezada es como llegar tarde al cine. Me atraganté con los primeros bocados. Había querido apurarme para alcanzarlos, para estar en el mismo momento de la cena que ellos. Tosí. Estaban hablando de algo que me pareció que alguna vez había escuchado, como si estuvieran repitiendo un tema viejo. Andrés puso agua en mi vaso quizás porque había notado que me había ahogado. No me animé a decirle gracias. Paula vio el hecho como ante la evidencia de algo. No agradecerle quedó como si nosotros tuviéramos una intimidad más allá de toda necesidad de cortesía.
La cena fue tan aburrida como las fiestas. Le siguió la fiesta. Me senté en un sillón a mirar. Del otro lado de la sala Mara me estaba mirando. Me puse a bailar. Bailé con Laura y dimos vueltas. Después quedé en frente de Paula. Se hizo la distraída y se corrió a un lado. Se puso a bailar con más energía, más velocidad, parecía que en su cabeza tocaba otra música, no la que nos llegaba a todos. Mara me seguía mirando. Me fui a sentar. La mirada de Mara era impúdica, en ningún momento intentaba ocultarla. Quería que yo supiera de su vigilancia incansable. La música estaba muy fuerte y me lastimaba los oídos. Fui hacia el equipo y bajé el volumen. Lo bajé demasiado. Todo el mundo saltó. Varios vinieron hacia mí como si tuvieran que salvarme de morir electrocutada. Subieron el volumen. Yo me hice a un lado. Fui a un sillón y pude ver que Mara me miraba. Me levanté y caminé hacia ella. Mantuvo su vista en mí mientras me acercaba. Estuve a punto de darle una bofetada, pero le dije: me voy. Acabamos de llegar. ¿Y? Di media vuelta y fui a buscar mi cartera. Ella me siguió, y me miró mientras la agarraba. No estaba dispuesta a saltearse ni un sólo paso como si en mis movimientos más insignificantes se escondiera la posibilidad de algo. De golpe me pareció que no era que quería evitar lo que estaba por suceder, sino no perdérselo. Estaba ansiosa por poder ver. Esperaba el momento. Algo perverso había en su expectación, cierto éxtasis, un regocijo por aquello que se produciría bajo la luz de sus ojos. Mi partida le arruinaba la fiesta. ¿En qué me había convertido yo para Mara?
Saludé a todos y salí a la calle con apuro. Por todos lados había gente. Había tanta luz en la calle que me pareció que era de día. Yo estaba a la vista de todos, expuesta a sus miradas. Salir del olvido de lo conocido me dio vértigo. Yo tenía peso, era alguien en ese mundo. No tenía ocasión de borrarme. Me perdí en las calles. Caminé sin reconocer los lugares. Hasta que en un momento reconocí la casa de Mara. Mi forma de perderme fue llegar a su casa. Entré. Me acosté en su cama; me puse de su lado. La almohada todavía guardaba sus pelos.
sábado 24 de enero de 2009
El espejo (Parte III)
Al primero que vimos fue a Pedro, ese encuentro no podía ser casualidad, por la hora debía saber que éramos nosotras. Habíamos desarrollado una capacidad para llegar siempre a la una. Ningún retraso nos retrasaba de esa hora. Pedro primero me miró a mí. Algo no le gustó porque puso cara de asco. Después miró a Mara. En ella se quedó. Cierto entendimiento inmediato había en ellos. Una intimidad inquebrantable. Todo lo de alrededor parecía no contar. Yo me fui a sentar. Me serví vino y lo tomé algo rápido. Todos los que estaban sentados me miraron; todavía no había saludado a nadie. Saludar era algo que deberíamos dejar de hacer. Todas las fiestas eran como una misma fiesta que no terminaba nunca. Era lo más parecido a una pesadilla. Me serví más vino. Andrés me dijo hola. Supuse que era sólo una manera de señalar mi falta, no de saludarme. Hola; no los saludé porque es como si nunca hubiéramos dejado de vernos, le contesté. Se rió. Quizás vos no, pero yo puedo distinguir la diferencia entre verte y no verte. Esas palabras me pusieron algo incómoda. Paula estaba charlando lejos de ahí. Los demás miraron para abajo, fingiendo no haber escuchado nada. Hacerse el distraído siempre es una buena forma de ser testigo sin responsabilidades. Me quedé en silencio. Andrés me miraba abiertamente. Su mirada me hizo notar la ropa que tenía puesta. Había ido esa noche a la fiesta con la misma ropa de entre casa. Tenía una especie de jogging y una remera estirada que tenía un agujero. Me sentí un poco incómoda. No sé por qué Mara no me había dicho nada. Yo había salido así de casa sin darme cuenta. Mara, en cambio, estaba realmente hermosa. Había demorado bastante en vestirse y yo la había esperado en la sala oscura. No recuerdo ni uno solo de los pensamientos que tuve ahí, era como soñar y después despertar amnésica. El sueño es un refugio porque le da chance al olvido. Esos momentos en la sala se habían vuelto indispensables para mí porque podía pensar y olvidar todo después. Eran verdaderos pensamientos sin continuidad, sin dolor.
Pedro y ella habían dejado de mirarse y se habían dispersado. Yo no sabía qué hacer. Fui a la cocina y me puse a contar las botellas de vino que quedaban. Eran quince. Me angustié porque me parecieron pocas.
Con la música, todos se pusieron a bailar. Mara y Pedro no bailaban juntos pero se rozaban sutilmente de vez en cuando. Sentados cerca de mí quedaban algunos que se fueron levantando para bailar. Todavía la música los convocaba. En un momento me encontré con la mirada de Andrés que bailaba con Paula. Miré para otro lado. En la mesa había una cajita que no había visto. Era transparente y la luz entraba en su interior. Parecía como si la guardara adentro. Otro objeto llamó mi atención. Era de plástico, pero brillante, parecía una piedra. Me gustó el engaño que llevaba en él. Me pareció mejor que el anterior. Si hubiera tenido que elegir, hubiera elegido ese. De todas maneras tomé los dos, no estaba en condiciones de elegir. Cuando me estaba guardando el último, levanté la vista y me encontré con los ojos de Mara que me estaban mirando. Había dejado de bailar y estaba apartada de la pista. Su cara estaba desencajada como si algo le hubiera desacomodado las facciones; parecía un monstruo. Me dio miedo. Casi pego un grito por su cara de monstruo. Me miraba como se mira lo impensable. No había lugar a dudas de lo que yo había hecho, su desconcierto fue por verme esa vez como por primera vez. Yo era una extraña, siempre lo había sido. Pasó Pedro a su lado, le tocó el brazo y se fue por el pasillo. Ella ni siquiera se movió. En otro momento eso hubiera sido la señal para seguirlo. Se quedó conmigo, pero bajó la vista al piso. Yo era algo insoportable de ver. Seguí con mi tarea. Cerré el cierre de la cartera, y la dejé en el cuarto, perdida entre las otras carteras. Me senté en un sillón y me serví vino. El vino me dio cierta ausencia. Al lado mío Laura contaba algo. Decía que había encontrado una casa de antigüedades con unas cosas hermosas. La dueña era una viejita de lo más amable que no veía nada. Contó que se había comprado un florero super moderno que le había salido regalado. Le había pagado con cien pesos y la vieja le había dado cien de vuelto, en vez de cincuenta. Saqué la mirada de ellos. En un sillón individual estaba Mara mirándome. Todavía tenía en sus ojos una mirada de espanto. Yo la miré y me sentí reflejada en sus ojos. Nunca había notado que sus ojos reflejaban mi imagen. Tenían un brillo especial. Me parecieron un objeto mejor que los otros que tenía en mi cartera. Eso podía ser un problema. ¿Cómo llevarse un objeto que no es solamente un objeto?
A la mañana siguiente Mara se levantó temprano. No hizo ningún ruido. Fue tan suave como una sombra. Yo pude percibir su silencio como cuando en nuestras fiestas se apagaba la música unos segundos. Algo grave había en esa mañana tranquila. Tardé en levantarme, di vueltas en la cama. El encuentro con ella era algo que quería retrasar. Salí de la cama y fui a la sala. Ella estaba jugando con la manteca, perdida. Cuando me vio, se levantó inmediatamente y fue a la cocina a calentar el agua. Hacer algo era su forma de sobrellevar el encuentro conmigo. Yo tenía demasiada presencia. Trajo mate. Me dio uno en silencio. Vincularnos, aunque fuera de esa manera tan inestable, me dio cierto alivio. Preparé una tostada y se la di. Ella la comió en silencio. Masticaba una y otra vez, interminablemente como una vaca. Nunca antes había notado que se parecía a una vaca. Tenía algo de vaca en su forma de ser. Cada dos por tres se quedaba empacada en algo. Una vez se había empacado en la puerta de la cocina; no quería moverse. Nos habíamos peleado un rato antes, y su reacción fue plantarse en la puerta. Le pedía permiso y ella no se movía, ni siquiera parecía escucharme, miraba con cara de nada. Llegué a preocuparme mucho, estaba como en trance. Se me ocurrió que si seguía insistiendo iba a morderme el cuello y arrancarme un pedazo. Entonces me senté en la cocina a esperar. En un momento dio media vuelta y se fue. Esa mañana pensé que quizás todo el asunto le había dejado un vacío en su mente. Si yo pudiera parecerme a un animal, preferiría parecerme a un caballo, nunca a una vaca. El caballo tiene interior y sangre en el cuerpo, no es pura exterioridad y simpleza.
miércoles 14 de enero de 2009
El espejo (Parte II)
No tenía grandes deseos de ir esta noche. Cada fin de semana nos reuníamos en una casa. Hacer fiestas era nuestra única idea de diversión. Hasta el punto en el que nada divertido se producía en ellas. Muchas veces pensaba en ir para tirarme a dormir. Ya no me arreglaba demasiado, había perdido interés. Nadie traía a nadie nuevo, como si movernos en un mundo cerrado fuera un refugio del mundo. Un tiempo atrás tuve un periodo en el que me arreglaba. Me había comprado ropa para estrenar en las reuniones, me había vestido frente al espejo, y había bailado.
Salimos. El taxista ya había bajado la bandera. Esperar para él tenía precio. Mara finalmente se había puesto un vestido mío que a mí ya no me quedaba. Yo había usado ese vestido la noche en la que me animé a hablar con Pedro. Esa coincidencia me hizo reír, y me la pasé todo el viaje riéndome. Mara me preguntó: ¿de qué te reís? Yo no contesté pero seguí riéndome, atragantada por mi risa. Ella siguió haciéndome la misma pregunta durante todo el viaje. Nunca había cambiado las palabras, pero el tono variaba. La última vez que las dijo ya ni siquiera era una pregunta. Las dijo, y me miró enojada. Unos días antes de que Pedro empezara con Laura, me había acercado a él y le había dicho de la nada: si vos me preguntaras, te diría que estoy perdida por vos. Pedro sacó la mirada de Laura con demora, me miró y me dijo: pero no te pregunto. Me quedé callada. Era mi culpa. Como él no me había preguntado, traté de hacer de cuenta de que yo no le había contado. Antes de hablar con él, había pensado miles de veces mis palabras. Decirle “enamorada” me había parecido común; una declaración insignificante, cualquiera puede estar enamorado. Pensé en decirle poseída por vos, pero eso sólo lo hubiera hecho salir corriendo. Aunque era lo más parecido a lo que me pasaba. Había decidido decirle: estoy invadida por vos, pero en el momento me olvidé de esa palabra. Y por más que intentaba recuperarla no podía. Se había borrado de mi mente. Entonces, improvisé “perdida”. Supongo que fue lo que vino a mí porque era una descripción de ese momento, y de su culpa. Ensayar muchas veces algo le da al momento cierta irrealidad. Sólo le conté el hecho a Mara, aunque sin detalles. Probablemente no tuviera ni idea de la coincidencia del vestido, pero sí de la persona.
Llegamos a la fiesta. Cuando entré y vi las mismas caras de siempre, casi doy media vuelta y vuelvo a salir. Me acerqué a un pequeño grupo que se había formado alrededor del vino. Después de sentarme les dije: ¿no se han preguntado por qué insistimos en vernos cada fin de semana? Ninguno de nosotros soporta a ningún otro. Todos me miraron en silencio. Yo fui la más sorprendida por mis palabras. No se habían formado en mi mente. Las escuché como cualquiera de ellos. De mi boca habían salido como de la boca de otro. Pertenecían más a ellos que a mí misma. Y les daría que hablar. Evidentemente estaba pasando por un momento de honestidad brutal. Me levanté del grupo para perderme un rato. Busqué a Mara. No estaba. Imaginarme lo que estaban haciendo me hizo sentir incómoda, como si estuviera espiándolos. ¿Mara se iría conmigo esa noche?
Me senté en otro pequeño grupo en el que también había vino. Cada vez necesitábamos más vino. Para evitar cualquier palabra libre de mi conciencia, traté de no abrir la boca. Se pusieron a bailar y yo los vi moverse como siempre. Laura estaba ahí. Supongo que ya ni siquiera notaba la ausencia de Pedro. En la mesa vi un apoyapapeles pequeño. Era de metal, y me fascinó su superficie ovalada. Era posible reflejarse en él. Mi cara se alargaba y se deformaba en toda su superficie, como un líquido. Era otra forma de espejo. Me gustó esa variación y permanencia. Ese objeto era de lo más inútil, nadie podía tenerlo seriamente. Lo tomé.
Apareció Mara, y me vio siguiéndola con la mirada. Bajó la mirada, y se fue para otro lado. Me fui a bailar con Laura. Me reí junto con ella sin razón alguna mientras bailábamos. Bailar precipita la risa. ¿Habrá fingido ella la risa como yo? En un momento Mara me dijo: ¿vamos? Yo por mí podría no haber ido esa noche a la fiesta, así que nos fuimos. En el camino le pregunté qué había pasado con Pedro. Ella me hizo otra pregunta: ¿por qué no me advertiste lo del vestido? Me quedé con los ojos abiertos. Pensar que Pedro se acordaba tanto de esa noche me dio cierta ilusión. Me contó que Pedro le había preguntado si todo se trataba de una broma perversa típica de nosotras. No, se trató de una coincidencia, le dije; y decir eso me hizo reír. ¿Sos tarada?, me dijo Mara furiosa. ¿Entonces no pasó nada? Pasó, dijo, y se puso a mirar por la ventana. ¿Ahí en el mismo lugar donde estaba Laura? No me contestó. ¿Por qué no se ven en otro lado? No podés toquetearle el novio en sus narices. No-claro-nunca, dijo sin sacar la cara de la ventana. Pensé que me estaba tomando el pelo, otra vez me lo decía como una sola palabra. Lo peor es que mi sentencia me había quitado la posibilidad de que me contara lo que había pasado. Quizás todavía no estuviera preparada para saberlo. Supongo que todos estos años yo verdaderamente me había quedado perdida en él. Nada, ni el tiempo inexorable me había hecho volver a mí. Sólo me quedaba el consuelo de ver la vida pasar a través de él. Verlo envejecer delante de mis ojos, ver su ropa desgastarse, ver su pelo cambiar, y volver a ser como siempre, verlo a él y a Laura como se mira lo eterno, lo que no tiene tiempo. En algún momento imperceptible ellos se habían vuelto una foto, algo que ya no transcurre.
sábado 10 de enero de 2009
El espejo (Parte I)
¿Cuál es el límite de los objetos? ¿Qué es un objeto y qué no? La diferencia se volvió borrosa, yo misma ya no la tenía clara.
Una noche fuimos con Mara a una fiesta en la casa de Laura. Ya todos estaban acostumbrados a que llegáramos juntas y que nos fuéramos juntas, supongo que tristemente nada en la fiesta hacía que cambiáramos nuestro itinerario. La casa de Laura esa noche me pareció extraña, nueva. Tuve la sensación de que se había mudado, que yo había entrado a otra dirección. No era la gente la que la cambiaba, se trataba de los mismos de siempre. Era algo en la casa. Mirando para todos lados me di cuenta de que era un espejo lo que me había atraído anónimamente. Me acerqué y me puse en frente de él. Pude ver reflejada mi propia imagen y no me reconocí, algo ausente había en mi mirada en el momento del encuentro. Me causó fascinación y horror. Por suerte era relativamente pequeño.
Nos fuimos con Mara a mi casa. Me contó algunas cosas de la fiesta que yo no viví. Pedro había tomado de más y le había dicho que estaba enamorado de ella, y no de Laura; que se había acercado a Laura para estar cerca de ella, aunque no fuera más que para mirarla desde las sombras. Le dije que era una forma algo complicada de llegar a alguien, algo ríspida. Mara me dio la razón, dijo: sí-claro-por-supuesto. Lo dijo todo junto, como una sola palabra. Pensé que a ella más bien le parecía de lo más romántico, justamente por eso. Me dijo que en un momento sus manos se habían rozado. No dijo nada más. No registro si habían desaparecido por algún tiempo de la fiesta porque yo estaba con el espejo, con mi imagen dentro de él, atrapada en mí misma. Este objeto es diferente a los otros porque tiene la capacidad de contenerme a mí.
Mara se levantó más temprano que yo y empezó a hacer ruido por la casa. ¡Dejame dormir!, le grité desde el cuarto. Perdón, me gritó ella desde la cocina con más fuerza. Me pareció que se había enojado. Empezó a hacer ruido a propósito. A veces me daban ganas de matarla, era como un gallo de riña. Evidentemente yo no iba a poder dormir. Me levanté. Me lavé la cara frente al espejo del baño. Ese espejo no me producía ninguna atracción. Mi cara estaba hinchada, pero no era extraña, como lo era mi cara en el otro espejo. Mara entró al baño y me encontró mirándome al espejo. ¿En qué pensás? Mentí: en la cara de muerta que tengo porque vos no me dejaste dormir. Mara y yo compartíamos todo, menos lo que no se puede compartir. No seas neurótica, si querés dormir, dormí y punto. A veces creo que el mundo de Mara era notablemente más simple que el mío. En ella se cumplía esa sentencia. Si quería dormir, dormía, pasara lo que pasara alrededor. Era un alivio para mí porque no tenía que cuidarme por los ruidos. Podía poner la música a todo lo que daba. Una vez hice la prueba, y fui al cuarto para ver su reacción. Estaba con una sonrisa en la boca y una placidez especial. Parecía como si la música le gustara. Pensé que tal vez la música le diera más sentido a sus sueños. Desde ese día empecé a ponerle música las raras veces que yo me levantaba antes que ella. Era mi manera de inducir desde el otro lado sus dulces sueños. Alguna vez le había puesto una música paranoica, quería que soñara con una persecusión. ¿Qué hacemos?, me dijo, ¿vamos a leer al parque? Yo la miré. Podrías irte a tu casa, pensé. Estaba de muy mal humor. Si se hubiera ido, yo habría corrido para que volviera, y seguir juntas. El episodio de la lapicera pudo ser visto como algo normal por la vida conjunta, mezclada, que llevábamos. Ninguna de las dos estaba con nadie, creo que nuestra relación funcionaba como trinchera para camuflar nuestra soledad. Estábamos juntas porque estábamos solas. Hasta que el equilibrio se rompió. Nunca un equilibrio tan precario se rompe en buenos términos. Creo que Pedro fue el primer indicio de lo que vendría. Por primera vez sentí que ella no me contaba todo. Desde que Pedro le había tocado la mano hasta que nos fuimos había una serie de acontecimientos que ella se había guardado. Me sorprendió que me hubiera contado el principio de la serie, dejándome la puerta entreabierta.
Fuimos a un bar a leer y mirar la gente que pasaba como dos jubiladas. Aburrirnos era algo que también hacíamos juntas. El domingo pasaba con demora. ¿Qué pasó con Pedro? No pasó nada, me dijo, y siguió leyendo. Te das cuenta de que es el novio de tu amiga, ¿no?, le dije con tono de reproche, pero mi verdadero enojo tenía que ver con que no me lo contaba. Ella me miró. Algo oscuro había en esa mirada, cierto interior. Un relato es una forma de espiar la vida de otro, de vivirla de alguna manera. Y yo había quedado afuera, sin ningún huequito por donde mirar. Estaba viviendo algo sin mí. Entre Pedro y ella se abría la intimidad de lo incorrecto. ¿Pedro se acordaría de todo?; ¿se acordaría de mí?
Nos fuimos. Ella se fue a su casa, yo a la mía. Nuestra vida conyugal terminaba junto con el día. Los domingos era un día en el que siempre ocurría un final, algo terminaba en nosotras cada vez.
martes 2 de diciembre de 2008
Policía (Experimento V y último)
Sonó mi timbre, era imposible que hubieran llegado tan rápido. ¿Quién es? Soy el vecino. No dijo mi nombre, por lo visto él tampoco lo sabía. Abrí la puerta. Me preguntó por qué me había ido. Yo mezclé cosas diversas en mi respuesta: estaba cansada y buscaba algo. Me dijo que volviera porque de todas maneras acá no iba a poder dormir, cómo se escucha el ruido, es terrible. Insistió ¡Pero dale! Y me llevó con él. Entré otra vez en la fiesta, casi empujada. Todos se dieron vuelta para mirarme amablemente. ¿Por qué habían cambiado? ¿Habían escuchado que había llamado a la policía? Estas paredes son muy delgadas, todo se sabe. Me ofrecieron algo para tomar. Yo agarré el vaso con cierto temor. Propusieron un brindis. Todos, como en una coreografía ensayada, levantaron sus copas al mismo tiempo. Parecían haberse puesto de acuerdo. De golpe la fiesta era más homogénea. Antes cada grupo estaba en algo diferente, como en muchas fiestas, ahora se había achicado, sólo había una, y yo me sentía inexplicablemente en el centro. Empecé a contar los minutos que faltaban para que llegara la policía. Una nunca sabe qué puede pasar dentro de las puertas de una casa. Me pareció que lo que estaba sucediendo era más acorde con lo que hacían todas las noches, lo que se desarrollaba del otro lado de la pared, pero ahora yo lo estaba viendo, quizás no fuera una buena cosa. La fiesta se había transformado. Brindemos por la fiesta, y la alegría, dijo uno. No se veía mucha alegría, más bien parecía como si hubieran capturado una presa, se los veía a todos expectantes. Todos tomaron, yo fingí tomar.
Después del brindis empezaron a bailar, todos apiñados en lo que era la pista de baile. Yo empecé a moverme despacio en mi lugar, no seguía el ritmo de la música, casi no la escuchaba porque mi cabeza estaba hablándome más alto. ¿Cómo puede cambiar una fiesta tanto? ¿Qué están tramando? Por lo menos esas palabras horrendas sobre mí habían cesado, la gente no hablaba. Tenía que tranquilizarme. Del miedo que tenía empecé a reírme, primero despacio, como internamente, después un poco más fuerte. En mi intento de controlar la risa me salía un ruido como el de un ratón. Tomé un trago para ahogar la risa. Y otro. Nunca se ha visto ir dos veces a la misma fiesta, y al llegar darse cuenta de que es otra. Probablemente todo se tratara de dormirme para entrar en mi casa y robar. Eso me causó mucha gracia. ¿Y la policía qué esperaba? Esta gente era de lo más rara. Yo había sido una sobreviviente de mi propia capacidad para matarme, había sobrevivido quién sabe cómo a mí misma, para caer en manos de los vecinos. Vacié el vaso. Empecé a sonreírles mientras me movía. Cuando uno baila sigue en comunicación, tenía que mostrar que me estaba divirtiendo. Por suerte mi cerebro lograba darme algunas órdenes oportunas. Me pareció escuchar el timbre. Sentí un profundo alivio. Nadie parecía haberlo escuchado, todos seguían con su ritmo. No había contado con esa posibilidad. Sonó otra vez. ¿Estaban todos sordos? ¡El timbre! ¡El timbre!, grité con todas mis fuerzas. No podía dejar pasar la oportunidad de salvarme otra vez. Todos se detuvieron en seco y me miraron. Es que suena el timbre, dije bajito, deberían atender. El vecino fue a la cocina. Volvió diciendo que no había nadie. No, pero yo escuché el timbre, dejame ver a mí. Fui a la cocina. Hola. Hola. ¿Hay alguien ahí? No había nadie. Esta policía de mierda no pensaba venir, me habían tomado de idiota. Volví a la sala. Me serví más vino. Sentí otra vez el timbre, pensé que eran otra vez alucinaciones mías, y por temor, no dije nada. Alguien dijo: ahora sí sonó el timbre. Fueron a atender. Era la policía. Respiré. Pedían que bajaran la música porque al parecer habían recibido una denuncia. Alguien fue para abajo. Pensé que era un buen momento para irme, no era bueno que la policía encontrara a la misma denunciante en la fiesta, completamente borracha.
La fiesta parecía haberse acabado. ¡Qué vecinos de mierda!, dijo mi vecino. Son unos amargos, seguramente tienen unas vidas de mierda y no soportan la diversión ajena. Pensé que hablar de alguien que no ha sido identificado no debe tomarse como nada personal. ¿Quién pudo haber sido?, me preguntó a mí. Es un edificio con mucha gente, empecé a decir buscando palabras en mi ayuda, quizás la música estaba tan alta que llegó a los otros pisos. Pero son jóvenes, no puedo creer que alguien joven haya hecho la denuncia. Es para no creer, pero no los conocés, quizás fue la del 8º por los zapateos, dije yo mirando el piso. Esperaba que no estuviera en la fiesta. No te preocupes, dijo uno, debe ser alguien con poco sexo. Seguro, dijeron otros. ¿Y el sexo qué tenía que ver con no poder dormir por el ruido? Ninguno de acá estaba teniendo sexo, estaban todos bailando como idiotas. Se sentaron, sin música les quedaba conversar. Mi cabeza empezó a latirme con fuerza y me empecé a sentir mareada, después de todo nada había cambiado, yo estaba sola otra vez. Me acordé que yo no debía tomar alcohol, lo tenía prohibido. Le dije a mi vecino que mejor me iba a mi casa porque mi cabeza estaba a punto de estallar. Me despedí de todos en forma general.
En mi casa tomé agua para licuar el efecto del alcohol, quién sabe qué podía pasarme con ese cóctel que me había metido. Me tiré en la cama. El techo se movía, la cama, el piso, la única que estaba quieta era yo. Había sombras en la habitación que parecían ser los vecinos. Se reían. Estaba toda la fiesta en mi pared, riéndose.
Sonó el portero. ¿Y ahora quién era? Fui a atender. Era la policía. Decía que habían hecho una denuncia por ruidos molestos. Me pidieron que bajara la música. ¿Pero qué dirección tiene, está seguro de que es acá?, pregunté. El hombre dio mi dirección. Era acá. ¿Había dado mi dirección, estaba tan dormida que me había denunciado a mí misma? Le seguí la corriente. Ya mismo bajo la música, señor policía, no se preocupe. No entendía bien lo que había pasado, pero no estaba en condiciones de analizarlo en ese momento. Quizás los vecinos me habían denunciado a mí. Miré a la pared, las sombrás todavía estaban ahí. Una me dijo: buchona, otra: traidora, otra: mal cogida. Yo estaba a punto de ser linchada por esas sombras enfurecidas. De pronto, la ciudad se oscureció por completo. Eso eliminó las sombras. Hubo un apagón general, toda la noche se potenció. El cielo también pareció apagarse. Buenos Aires era negra. Yo debería salir de mi casa, pero el pasillo estaba oscuro, era una boca de lobo. Los vecinos no me ayudarían, me escupirían como una traidora. Era el fin de Buenos Aires, y yo no tenía con quién morirme. Me quedé en casa. Abrir los ojos era como tenerlos cerrados, para no entrar en pánico cada vez que los abría me decía a mí misma que los tenía cerrados. Los cerraba y los abría, los tengo cerrados, los tengo cerrados, una y otra vez, todo se había transformado en un juego, pronto pasé a no tener párpados, y después, a no tener ojos. Era lo mismo tenerlos que no tenerlos. De pronto la oscuridad estaba adentro mío. Nada me diferenciaba de la ciudad oscura. Podía ver la oscuridad y no verla, era la misma cosa. La oscuridad era algo que negaba su propia imagen, como mi enfermedad negaba mi vida, o quizás la acompañara de una manera más absoluta. Yo era la oscuridad y era la enfermedad. Nada me había cambiado tanto. Un ser apagado del mundo. Nada me había hecho renacer así. Un muerto ya no ve, un vivo tampoco alcanza a ver en la total oscuridad. Mi enfermedad era el lastre de mi muerte que había empezado a vivirse. Yo veía a mi cuerpo vivo, morir. De golpe la visión se aclaró y vi la progresión de la enfermedad en todo mi cuerpo. Eso estaba lleno de energía, de vida. Había tanta vida en ella, tanto apego por mi cuerpo. Eso en mi cuerpo era yo, de lo que estaba hecha. La muerte que yo llevaba conmigo. Me ocupaba completamente. La veía tenderse a dormir, despertarse y volver a dormir. La veía al correr de los días, de los años. La veía caminar, y tomar los remedios. La veía estremecerse por los vecinos, por los miedos, por los peligros. La veía por todo mi cuerpo, como mi sangre, mi carne. La veía quedarse despierta en la noche abierta. La veía sufrir por ella misma, cuando sufría yo. Cómo había podido sufrir por tenerla si era todo lo que yo era. La veía dolerse y lastimarse. Y pude ver que no cesaba, que no conocía el fin y la calma. Pude verlo con mis ojos deslumbrados. Todo mi cuerpo estaba lleno de ojos, y se miraba a sí mismo. Repleto de vida y de muerte. Cómo estar tan tranquila. Vi el ruido de la enfermedad, y eso fue espantoso. La enfermedad crujía. El cuerpo en silencio era la calma, la salud. Cómo no partir de mi cuerpo doliente.
sábado 29 de noviembre de 2008
Al lado (Experimento IV)
Lo que recuerdo es que el subte se acercaba con su sonido estridente, a gran velocidad, y eso me atrajo tanto. Había un viento que parecía terminar en él, salir de él y llegar a él. Era tan raro. Pensé que algo que podía generar un viento hacia sí mismo debía ser muy poderoso, casi sobrenatural. El viento me llevaba a estrellarme en su vidrio enorme, limpito, y eso parecía algo hermoso de vivir. Alguien me dijo ¡cuidado! y me sacó de la gran felicidad y plenitud en la que estaba. De golpe vi la horrenda cercanía de mi propia muerte, vi mi cuerpo estrellado, el ruido de las ruedas aplicando el freno contra los rieles, el impacto, y eso tan hermoso se transformó en un horror. Me quedé palpitando en el andén, no pude entrar a ese subte, ni al siguiente. Me quedé mirando las vías intentando sustraer mi cuerpo de donde pudo haber estado tendido. Fue el momento en el que estuve más despierta de todos estos días, una lucidez abismal.
Toda mi vida transcurría como en sueños, como dormida. Mi forma de estar despierta era como una manera de dormir. Tenía dos opciones: o dormía, o me moría. No dormir es lo más cerca que estuve de una muerte violenta, yo era candidata a morir en un accidente provocado por mí misma. Suicidio, pero suicidio espectacular de pura embriaguez.
Esta mañana pesada fui a la cocina tambaleándome, mi estado no era diferente de una borrachera brutal. Calenté agua y desayuné; me puse a leer el diario. En un momento anodino una duda me atacó: tomé o no tomé los remedios. Tomé agua, pero no recuerdo haber tragado una pastilla. ¿La tomé o no la tomé? Inevitablemente buscaba recuperar lo elidido por mi conciencia, revisar mis pasos. No era que lo había olvidado, era que no lo había vivido, un agujero se habría en la continuidad de mi mañana. Cómo reconstruir la cotidianidad automatizada. Otra duda le siguió naturalmente: ¿Lo tomo o no lo tomo? Correr el riesgo de tomar uno dos veces, o de no tomarlo ninguna. La enfermedad era inasimilable en su misma cotidianidad.
El día transcurrió en el olvido. No tengo registro de nada de lo que hice, sólo de una marea de sonidos, recuerdo el ruido compacto del tráfico como el de un mar poderoso, recuerdo las bocinas, las voces en el trabajo como rezos que no paraban. Nunca, en ningún solo momento había cesado el acompañamiento de un ruido colectivo, no el que hace una persona, sino el de miles y miles; una verdadera masa sonora. Eso es una ciudad.
De vuelta en mi casa, me arrojé en la cama con los ojos bien abiertos como si hubiera visto algo que no debía ser visto. No estaba en condiciones de ir esta noche a la fiesta. No estaba en condiciones de quedarme en mi casa, escuchando. No estaba en condiciones.
Ya podía escuchar los sonidos. Todavía eran leves, de algo que se está formando. Mejor sería esperar un rato más, no quería ser de las primeras en una fiesta en la que no conocía a nadie.
El ruido se volvía contundente. Me levante y salí de mi casa. Cuando abrieron la puerta, el sonido salió despedido, fue tan fuerte que me hice para atrás. La persona que abrió me miró con cara de sorpresa. Hola, me dijo, como preguntando: ¿vos quién sos? Iba a decirle que me habían invitado, pero después me di cuenta de que no sabía los nombres de ellos; soy la vecina, dije. Ah, ¿te molestan los ruidos? No, no es eso. Evidentemente la persona no sabía nada de mi invitación y no se le ocurrió como una posibilidad. Me dieron ganas de seguirle la corriente y volver a mi casa, la situación era de lo más incómoda. Por suerte pasó el vecino y me vió. Al principio pareció preocuparse por verme ahí, como si pensara él también que venía a quejarme por los ruidos. Después evidentemente se acordó. Me saludó y me invitó a pasar. Vengo un rato, nomás, le dije porque mi incomodidad era gigante.
El lugar estaba oscuro, había mucha gente. Todos parecían conocerse, y me miraban. Ser vecina no es algo tan raro.
Escuchaba los gritos apagados por la música fuerte. Me acerqué a un grupo para no quedar parada. Justo cuando llegué, la gente se empezó a reír, evidentemente habían dicho algo gracioso, yo me reí también, como para no llamar la atención. Entrar en un grupo que se está riendo es como invadir una privacidad. Una de las chicas me miró seria, aparentemente mi risa había cortado su risa. Supongo que alguien que se acaba de acercar y no sabe de qué hablan no debería reírse. Mi risa claramente era vacía. Miré para abajo.
Siguieron hablando entre ellos, casi no me miraron. Yo sí me puse a mirarlos, pero me distraje de las palabras, de todas maneras yo no era su interlocutora, sólo los veía mover la boca como desaforados y gritar. Todo el volumen podía percibirse en el movimiento de sus bocas. Sus bocas se extendían para dar paso a la estridente voz. El volumen era algo sólido. Miré a los demás, todos hacían lo mismo, pero el sonido que me llegaba era confuso y ensordecedor. Era difícil distinguir lo que hablaban. No sé cómo podían escucharse, entenderse, conversar. Alguien debería bajar la música. Me llegaban algunas palabras aisladas: ¿la viste?, vino, parece tonta, nada, al lado, mirala. No sé por qué mi mente tendía a unirlas en una misma frase: ¿la viste?, vino la chica de al lado, no trajo nada, parece tonta, mirala. Me sentí de lo peor, yo no había traído nada porque me había dado fiaca bajar al super, salir del edificio para volver a entrar me pareció algo absurdo. Otra serie de palabras era mortal: nadie, perdida, medio loca, si no era en serio. De pronto la invitación me pareció una simple formalidad, tuve ganas de salir corriendo. Poco a poco me fui alejando, hasta que me separé del grupo. Nadie pareció notar mi ausencia. Vi que había un balcón, salí. El aire me trajo silencio, y respiré. Fue un instante de calma. Me asomé a la calle. Algo de la altura me mareó y me atrajo. Me quedé fascinada mirando los autos correr. Como estaba algo embotada por la altura, traté de mantenerme lejos del vacío. Por suerte mi departamento no tenía balcón, con estos días sin dormir seguramente terminaría tirándome sin querer.
Entré, no estaba segura afuera. Un chico se me acercó y empezó a hablarme. El caso es que yo venía de un lugar más tranquilo y entrar fue ensordecedor. Lo veía mover la boca como si me estuviera gritando, me puse a pensar si había hecho algo malo. Escuché palabras de todas partes, rebotaban en la habitación y se expandían: como en su casa, ¿qué le pasa?, cara de muerta, miedo. No podía más. Me empecé a sentir descompuesta. ¿Mi cara daba miedo? Caminé hacia la puerta, la abrí y salí sin decirle nada a nadie, antes de cerrarla escuché: enferma. Me metí en mi departamento. Estaba agitada. Esa gente había dicho cosas terribles de mí. ¿No tenían mejores temas para hablar que de una desconocida? Y qué si nadie me conocía, yo tampoco los conocía a ellos. Si hacen mucho ruido, voy a tener que llamar a la policía. Un montón de desconocidos en el edificio es una fuente de problemas, de inseguridad.
sábado 22 de noviembre de 2008
Fiesta (Experimento III)
Me refugié en mi dolor. Eso eliminaba el mundo y mis actos. No voy a poder llegar a casa. Y en mi casa nada va a cambiar, pero igual quiero estar ahí.
Me bajé de la bici y seguí caminando, me quedaban unas cuadras para llegar. El médico tenía razón, no debía usarla.
En la puerta de mi casa la cuadra estaba en sombra. Dicen que hay que mirar a los dos lados antes de entrar en las casas. Y meterse rápido. Pero si hay alguien espiando, va a saber que la casa es esa, después cómo hacerle creer que no era, que era en la otra cuadra. Miré instintivamente hacia un lado. Justo había un hombre que caminaba hacia mí y que me miraba. No me gustó nada su cara. Me miraba abiertamente, con descaro. Intenté meter la llave en la cerradura y abrir la puerta antes de que llegara a mi lado, pero también tenía la bici. Cuando el hombre se acercó, casi pego un grito. Me di vuelta y di un salto, el hombre dio otro salto para atrás y se fue sin dejar de mirarme. No sé quién se asustó más. Por fin entré. Me metí rápido en el ascensor.
En mi piso la luz estaba apagada, como de costumbre. Debía caminar unos pasos hasta llegar a un interruptor; a los que pensaron el edificio no se les ocurrió poner uno cerca del ascensor. Extrañamente los vecinos no estaban haciendo ruido. Después me acordé que empiezan más tarde. Quién sabe por qué necesitan que esté entrada la noche, que todos estén perdidos en sus sueños. ¿Qué hacen en las horas de calma y de ausencia de los demás?
Estaba leyendo cuando escuché unos pasos en el pasillo, después un tropiezo y una caída. Alguien se había tropezado contra sí mismo o contra un objeto, seguramente en el tramo oscuro. Evidentemente los vecinos volvían a su casa para iniciar su vida nocturna. La persona se paró en la puerta de al lado, pero retrocedió. Había cambiado de idea. Caminó unos pasos hacia donde estaba yo. Miré por debajo de la puerta, el pasillo estaba oscuro. ¿Por qué razón no había prendido la luz? Parecía ya haber llegado a mi puerta. Sonó el timbre con fuerza, yo grité a la par. Los dos sonidos se confundieron en uno. El timbre era una buena señal, pero igual me había asustado. Pregunté quién era. El vecino. Encontrarlos de día me parecía una cosa en los limites de cierta normalidad, pero no sé por qué verlos a la noche no era lo mismo, como si creyera que durate la noche se transformaran en otra cosa. Supongo que ellos eran diferentes que cualquiera de nosotros que dormíamos o teníamos insomnio, pero no una actividad frenética. Tenerlo en el umbral de mi puerta en el pasillo oscuro no me gustaba nada. No sabía cómo hacer para no abrir la puerta. Pensé en decirle que estaba desnuda, pero temí alimentar alguna idea que pudiera sólo agravar la situación. Ya voy, dije, y abrí. Al principio vi una silueta oscura, poco a poco pude distinguir su cara. Me dijo que iban a hacer una fiesta dentro de unos días, y que como seguramente iba a tener que soportar mucho ruido querían, entonces, invitarme. La razón de la invitación no era de lo mejor. Supongo que querían eliminar al posible denunciante por ruidos molestos. Le agradecí y le dije que quizás iría. Me dijo que me esperarían y me deseó buenas noches, creo que dijo felices sueños. Casi le respondo: sueños, imposible; sólo fantasía con el silencio. Prácticamente me estaba siendo imposible dormir por los ruidos que hacían durante la noche. Pensé que quizás debería ir a la fiesta. Una cosa era estar del otro lado del ruido, intentando dormir, y otra, estar en el ruido mismo, envuelta en la marea sonora, como embriagada de sonidos, bailando, tomando, gritando.
Me daba mucha curiosidad entrar en su mundo nocturno, que de alguna manera era parte del mío, pero lo que yo vería no sería su situación normal de ruidos sino toda una escena montada para el ruido: música, fiesta, gente, alcohol.
Me esperaban noches sin dormir hasta esa noche de fiesta.
lunes 17 de noviembre de 2008
El día (Experimento II)
Nunca sé qué decir durante el viaje, la paso muy mal. ¡Qué lento que es este ascensor! No llegamos más. Él sonrió a mi comentario, aunque no era para risa. Quisiera saltar para que baje más rápido. Peor es bajar por las escaleras, respondió. Pero por las escaleras hay escapatoria, pensé mientras sonreía también. Mi cara no estaba en su lugar, yo lo sé. Mi sonrisa no tranquiliza.
En la puerta se apresuró, yo me demoré. La idea de salir a la calle y caminar en la misma dirección me retrasó. Chau. Chau. Me quedé en la puerta esperando porque tomó mi mismo camino. No quería ir detrás y terminar siguiéndolo. Una mujer me miró, se acercó, me pidió permiso. ¿Y esta? Nunca la vi. Por lo visto quería entrar al edificio. Yo dudé y no me moví. No hay que dejar la puerta abierta, es peligroso con los tiempos que corren, me dijo y me hizo a un lado. ¿Quién es?, ¿Angie Dickinson? ¿Vive acá, paga el alquiler? Yo en cualquier momento dejo de pagarlo. Apenas pisé la calle, la señora cerró la puerta con llave a mis espaldas. Y fue a meterse al ascensor; parecía como si corriera. Hace bien, cuando no duermo no soy de confianza; o quizás ella haya entrado a robar, una nunca sabe.
La calle estaba rebalsada de ruido. Mi cabeza era una campana. Sé que no voy a poder soportar el día. No voy a poder atravesar las horas que me esperan. Hoy es eterno, detenido. Una mujer me chocó al pasar. La miré con tal cara de odio que me pidió disculpas y se fue mirando para atrás. Por mirarme se chocó con otra persona que estaba igual de distraída. ¿Quién tuvo la culpa en esa situación? Evidentemente tuvo miedo de que la atacara por la espalda. Quedé dolorida del golpe. Eso se agregaba a la difícil tarea que ya era dar cada paso. Los pasos me dolían. Debería quedarme en cama todo el día. Mi cuerpo en primer plano, todo el mundo que tengo para hoy.
viernes 14 de noviembre de 2008
La noche (Experimento I)
martes 28 de octubre de 2008
jueves 23 de octubre de 2008
Una banda internacional (Parte XI y última)
Justo cuando estaba pensando que mi tiempo se desarrollaría en la nada más absoluta, apareció por chat María. Me preguntó qué estaba haciendo. Yo estaba frente a la pantalla con la mirada fija en la luz como atontada, pero no podía decirle eso. Le dije que estaba escribiendo. Escribir siempre es una actividad que genera respeto. Ella estaba averiguando sobre unos conciertos internacionales que se iban a realizar en la ciudad. Cada vez que ponen la palabra internacional a mí me dan ganas de ir. La inauguración era el sábado y venían unos músicos de la puta madre. Me dio sus nombres. Unos perfectos desconocidos. Por lo visto a ella también le gustaba la música. Quizás era parte de la banda que tenía Clara. Me preguntó qué hacía yo el sábado. Yo le dije que no tenía planes. Me dijo que si estaba cerca del Teatro Coliseo quizás podía pasar. No veo por qué iba a estar cerca del Coliseo a menos que fuera al Coliseo. Me dio la sensación de que me quería invitar para ir con ella, pero no se animaba. Quise facilitarle la tarea. ¿Querés que vayamos? No, me contestó, yo no voy a ir. Me quedé congelada. Sólo había querido informarme, como una guía del fin de semana, de las actividades más destacadas para hacer. Supongo que no tenía que tomar su negativa como un rechazo, no es que no quería ir conmigo, sino que directamente no iba. Posiblemente no podía por alguna razón y estaba lamentándose. Pero no me dio ninguna explicación. Tampoco habló del plantón. Pertenecía al pasado, la vida que le siguió lo había sepultado. No sé por qué yo me quedaba atascada en eso. Me preguntó qué estaba escribiendo. Evidentemente la gran amistad que tenía con Clara las había llevado a contagiarse. Lo que yo necesitaba era un descanso de Clara, y su espectro parecía venir a mi encuentro en María. Un cuento, le contesté. ¿Estás escribiendo para nuestra revista? Esperaba no tener que escuchar de su boca muchas veces las palabras nuestra, nosotras. Le dije que en principio, no. Escribo por escribir, para mí. Eso sí que era el colmo de la estupidez, en este mundo escribir sólo por escribir es un derroche de tiempo. Si querés presentar algo, sos bienvenida, me dijo. Le agradecí. Ella sabía de la propuesta de Clara. Después me preguntó si había mandado mis cuentos a muchos concursos. No a muchos. Me preguntó si había ganado alguna vez un premio. Pensé en escribirle: no que yo recuerde. Pero perder o ganar concursos no es algo que se olvide fácilmente. Tuve que decirle la verdad sin adornos. Me levanté de la silla. Caminé por la habitación. Me acerqué nuevamente para escribirle: ¿cómo estás de la enfermedad? ¿Podés caminar un poco? Pero lo borré porque mi preocupación iba a ser interpretada de una manera equivocada. ¿Estaba tratando de averiguar mi currículum para ver si estaba a la altura de la revista? Mi escaso metro cincuenta de estatura siempre aparecía en todos los planos de mi vida. Yo era baja en todo. Ella seguramente escribía maravillosamente bien. Tenía la enfermedad a su favor. Quizás la enfermedad haya sido lo mejor que le haya pasado. Algo empezó a darme vueltas en la cabeza. Seguramente ella sabría por Clara que yo había perdido recientemente en el concurso del Fondo, también sabría que me había presentado al mismo concurso ya 4 veces, y que nunca había obtenido nada. Cada año con paciencia de hormiga llevaba mis cuentos. Me pareció que estaba disfrutando de todo eso, que lo hacía sólo para gozar con la sangre que derramaban mis heridas. Tuve curiosidad por saber si ella había ganado alguna vez, pero preferí no enterarme. Quizás María era la forma que tenía Clara de seguir en contacto conmigo y de vengarse. ¿Y María de qué se vengaba? ¿Le pesaba mi amistad con Clara? ¿Le pesaba yo o le pesaba el mundo de los sanos, la inmortalidad perdida? Quizás su cuerpo había nacido en el horizonte de su vida en forma monstruosa, y debía deshacerse de alguna manera de ese tormento. Pero yo no tenía la culpa. Me dijo que tenía que irse porque debía sacar entradas para uno de los recitales del sábado. Me quedé pensando. No me aclaró dónde era, pero no podía ser en el Coliseo, debía ser en otro lugar. Probablemente me había enviado a mí ahí para que no me topara con ellas. No me había dado lo más destacado para hacer, sino lo que no hacían ellas, sus restos. Estaban intentando trazar el mapa de la ciudad sin mi incómoda presencia. Querían, seguramente, armarme un recorrido lejos de sus pasos.
Fui a mis contactos. Busqué la dirección de Clara. Iba a mandarle un mail diciéndole que no quería verla nunca más, que bien podía irse a la mierda, que caminara tranquila por Buenos Aires porque yo no estaría detrás espiándola a ella y a esa enferma para ver las cositas que hacían, que no perdería ni siquiera mi tiempo para hacer campaña para boicotear su revista, de la que me habían dejado afuera, porque había nacido muerta de muerte natural, que no perfeccionaría mi escritura sólo para imaginar cómo se le desfiguraba su cara cuando no la nombrara en la puta entrevista del programa de mierda. Pero en vez de eso borré su dirección de correo de mis contactos. No más chat. También borré la dirección de María. Yo ya había sido reemplazada, todo eso fue más bien una forma de borrarme a mí.
Fui a mi cuarto. Prendí la tele, me dispuse a ver lo que la programación del canal tuviera para mí ese día. Llamé al cable y contraté el servicio, les pedí la revista, aunque tuviera que pagar extra. Me dijeron que mañana vendrían a conectarme todo y que la revista me la enviarían en dos días. Me encanta la eficiencia. Me aseguraron que había muchas películas de estreno, buenísimas. Eso me llenó de ansiedad, no podía esperar a verlas todas. Más bien prefería que estuvieran todas juntas.
jueves 16 de octubre de 2008
Proyecto (Parte X)
Fui caminando, para llegar tarde. Pero llegué puntual. El problema es que salí justo con el tiempo necesario como para ir caminando y llegar a horario. En algún lugar de mi mente se había hecho ese cálculo. A veces pienso que la puntualidad es una condena que irremediablemente tengo que cumplir. Llegar puntual para un encuentro con Clara era la cosa más inútil. Ella nunca estaba ahí para verlo. Me metí en una librería como para aprovechar el tiempo cautivo. Pensé en todo el tiempo que Clara me había robado, 40 minutos o más por cada encuentro. La espera es una pausa en el transcurso de una vida. Un tiempo muerto. Si sumaba todas, podrían ser días enteros amontonados en mi vida.
No estaba disfrutando de los libros que tenía en frente de mí. Yo ni siquiera podía hacer de cuenta que la cita era 40 minutos más tarde. ¿Y si justo esa vez ella llegaba puntual? Estaba empezando a enfurecerme. Nuestra relación era un vicio. Giraba en círculos. Para no repetirme debía dejar de verla. Me dije que ese día debía hacer algo distinto. Podía irme, no esperarla más. Ella llegaría y no vería ni un rastro de mí. Nadie espera una nota en una esquina. Le dejaría mi ausencia como única huella de mi paso por el lugar. Me gustaría estar ahí sólo para ver su cara al no verme; ser nada más que ojos.
¿Cuánto tiempo se debe esperar a una persona? Me sorprendí al enterarme de que ya habían pasado 50 minutos. Todos mis pensamientos llenos de espuma habían hecho que el tiempo huyera de mí. Quizás la odiara más porque me hacía perder conciencia del tiempo. La vi aparecer por la esquina. Miré el reloj: 55 minutos tarde. Eso me ponía a mí en la situación de tener que explicar por qué razón todavía estaba ahí esperándola. Nos saludamos, yo con mirada torva; ella, serena. Me dijo con voz alegre: ¿vamos a La Giralda? No le respondí, pero empecé a caminar en esa dirección. Ella estaba radiante, hermosa. Parecía como si una cámara la estuviera filmando. Algo le había pasado. Supongo que la bronca que me consumía me hacía ver oscura, apagada. La Giralda tenía una luz fuerte y estaba llena de gente. Encontramos una mesa en un rincón. Estábamos algo atrapadas ahí.
Me contó que habían empezado un proyecto con María. Iban a hacer juntas una revista. Desde que yo le había mencionado mis proyectos esa palabra no había dejado de aparecer en nuestras conversaciones. Ella siempre doblaba la apuesta. Me dijo, como si se tratara de algo genial, que la revista tendría algo de literatura, algo de crítica, de pensamientos, ideas que ellas dos pensaran juntas. Pensé que era más fácil decir qué no tendría. Supongo que esperaba algo más original de una mente tan fuera de lo común como supuestamente era la mente de María. Una revista era algo que ya estaba fuera de lugar, un resabio del pasado, una especie de residuo de otro tiempo que pretendían incrustar perdido en el presente. Le hice una sonrisa, y le pregunté: ¿En papel o virtual? En papel. Evidentemente querían traer el pasado idéntico a lo que había sido. Una revista en papel prácticamente era un fósil, el resto de una muerte. Pero las ideas podían ser nuevas. Incluso la revista podía tener éxito. Me dijo que publicarían también textos literarios de otros; harían una selección. ¿María escribía; ganaba premios? Me pidió que les enviara algún cuento breve para ver si podía salir en el primer número. Me convocaba como invitada. Pensé que también podían rechazarme; mi admisión no estaba asegurada. Le dije que no tenía ningún cuento corto. Escribilo, me dijo inmediatamente. No contesté nada. Según me contó harían una convocatoria a lo grande para nuevos escritores. Tanto ella como María conocían a mucha gente del ambiente del arte. La incapacidad para acudir a las citas de María no le impedía tener vínculo con bastante gente. Pretendían convertirse en una revista capaz de reconocer y lanzar nuevos talentos.
Si María no existía el proyecto de Clara era algo inhumano. Debería llevarlo ella sola. Todo esto me estaba fastidiando. El espacio que teníamos en La Giralda era muy pequeño. Era como viajar en subte en hora pico. No se puede tener una conversación seria en esas condiciones. Le dije de irnos porque contra la pared no me podía mover, tenía las piernas entumecidas.
En la calle me dijo algo de mi ropa, ahora no recuerdo bien qué; porque no escuché sus palabras. Pero seguramente era algo malo. Ya estaba cansada de sus comentarios. Pensé que por lo menos yo no me ponía unos tacos gigantes que me hacían parecer una travesti de Constitución. Ella estaba enorme y radiante, era como un rascacielos todo iluminado. Cuando me miraba, estiraba toda la columna e inclinaba la cabeza hacia abajo. Después se relajaba y hasta se encorvaba un poco. Pero ser travesti no era poca cosa. Ellas contienen toda la feminidad que una mujer no alcanza a contener. Después de ellas la feminidad era algo absurdo, teatral. Clara siempre estaba un escalón más arriba; o dos. Me dijo que estaría muy ocupada todos estos días con la revista y que iba a reconcentrarse por un tiempo. Me pareció que me estaba diciendo de no vernos. Podía ser algo bueno, porque estábamos llegando a un callejón sin salida. Finalmente iba a tener un descanso de ella. Tendríamos un tiempo muerto. ¿Qué hacer?
miércoles 8 de octubre de 2008
La nueva (Parte IX)
En un momento de desanso fui al baño. Cuando salí, me la encontré parada frente a la puerta del baño. Le hice una sonrisa de compromiso. Ella me preguntó algo sobre un problema que había tenido con unos papeles, me preguntó cómo los clasificaba yo. Odio que me hablen a la salida del baño. Por lo general soy muy torpe para lavarme las manos y me salpico la ropa. Siempre me siento incómoda porque creo que la gente va a pensar que me hice pis encima. Intenté taparme la ropa con la mano, pero tenía una gran aureola en donde el color se intensificaba. Le respondí lo más brevemente que pude. Ella en un momento miró la mancha, pero retiró rápidamente la mirada. Estaba buscando una aliada, no una enemiga. Evidentemente por la situación del cajón, me había tomado como la guía de sus primeros pasos. Mi explicación me había comido todo el tiempo del almuerzo.
A la salida me la encontré en la puerta. Si no fuera porque todos nos cruzábamos en todos lados todo el tiempo, pensaría que me estaba persiguiendo. De todas maneras no me dieron ganas de tomar el ascensor con ella. Ella abrió la puerta y se metió. Se corrió al fondo y dejó la puerta abierta, esperándome. Yo rápidamente la cerré, quedándome afuera. Chau, nos vemos, seguramente vas a llegar antes que yo abajo, le dije. Me miró y me preguntó: ¿no bajás? No, bajo por las escaleras. ¿Los seis pisos? Supongo que era un poco difícil de justificar, pero más raro era preguntar si los seis o solo una parte. El que baja por las escaleras, baja por las escaleras. Asumí que las dos estábamos fuera de lugar y como toda respuesta me encogí de hombros y le hice una sonrisa. Ella se fue.
Me quedaba un largo camino. Como estrategia me abandoné a mis pensamientos. Pensé en Clara y María. Yo solo era una observadora de la profunda amistad entre ellas. Estaba ahí para echar una mirada admirada. A veces necesitamos un testigo de la increíble sorpresa que produce un encuentro, como si no pudiéramos darle crédito. ¿Por qué me había elegido a mí? Clara y yo éramos un encuentro perdido. Podía escuchar el ascensor alejarse mientras yo bajaba por el pasillo oscuro. Cada escalón que pisaba me retumbaba en la cabeza. Clara tenía a María, con ella era suficiente. La cuidaba, se preocupaba por ella. No recordaba ni una sola situación en la que ella me hubiera cuidado a mí. Yo le había dicho de todo y a ella no se le había despeinado ni un solo pelo. Escuché que el ascensor dejaba atrás un piso. El viaje ahí parecía mucho más al resguardo de mis pensamientos. Sería difícil rescatarme si me dejara llevar por este descenso. Sin pensarlo empecé a bajar más rápido. Imaginé a la chica parada en el ascensor, bajando en calma. Y en las escaleras yo estaba a punto de estallar como una bomba. Ella parecía ser inteligente, aunque no había hablado mucho, prácticamente nada. Había visto en mí una aliada, había intentado acercarse. El ascensor dejaba atrás otro piso. Irremediablemente llegaría, y se quedaría quieto, vacío. Quizás María era la forma en la que Clara había reaccionado ante mi maltrato. Estaba llegando, podía escuchar la puerta abriéndose, la chica se iba a ir. Me apuré el último piso, y más los últimos escalones, de pronto había tenido ganas de llegar. Cuando llegué a planta baja, ella todavía estaba frente a la puerta esperando a que le abrieran. Me miró amablemente. La serenidad de su mirada marcó una pausa en mi movimiento. No me dijo nada. Yo estaba un poco agitada, necesitaba tomar aire. No sabía qué decirle, nos habíamos despedido seis pisos más arriba. Por lo visto yo había bajado muy rápido. Mi estado era lamentable. Estar frente a una persona en silencio es inquietante. Mirábamos la puerta fijamente. Salimos a la calle. Era necesario decir algo, le dije: hace un calor terrible, chau. Y me fui. En la calle la gente estaba con abrigos. Caminé rápidamente para mezclarme con ellos.
domingo 28 de septiembre de 2008
María (Parte VIII)
No entendía su mail, ¿qué pretendía? ¿cerrar la otra punta del triángulo?, ¿ser mi amiga?, ¿conocer a su competidora? No pregunté nada de eso en mi respuesta. Me dijo de vernos; le dije que sí. Me propuso el mismo bar en el que yo me había visto con Clara hacía un tiempo.Si María sabía todo, quizás también sabía eso. Asumí que estaba al tanto, y acepté su juego. Me mandó un mail dándome la hora y agregó que ella era muy puntual y que como sabía que yo también, seguramente nuestra exactitud nos permitiría reconocernos. Me pregunté qué otras cosas sabía de mí. Pensé si Clara le había contado todas las cosas horribles que le había dicho. Yo sólo sabía de ella que era una persona enferma. Sabía también que inspiraba una profunda admiración en Clara.
Tenía cuatro horas para prepararme. Nos encontrábamos al caer la tarde. El cielo estaba completamente abierto, lleno de luz. El día resplandecía. Probablemente sólo un pálido brillo del día llegaría hasta nuestro encuentro. Y se iría apagando suavemente a medida que nos fuéramos conociendo. Esperaba ver en la oscuridad todo lo que había visto Clara, como alguien que espía la vida de otros.
Traté de prestar atención a la combinación de mi ropa. Me vestí toda de negro para simplificar el problema. La tarde estaba llegando a su fin. Salí de casa. Corría una brisa suave por las calles. La ciudad era amable. Tuve ganas de ir caminando, pero faltaría a mi cita con la puntualidad.
La esquina del bar aparecía a mi vista. Cuando llegaba, vi a una mujer que se acercaba. Reduje mi paso, quise que llegáramos juntas a la puerta. Era justo. Ella era alta, morocha, pero tenía una luz que hacía que pudiera ser recordada como muy blanca. Caminaba bien. Nada enfermo se veía en ella. La miraba, ella me miraba también. Cuando estuvo a mi lado, siguió de largo. No dudó. Parecía dirigirse a otro lugar con su clara oscuridad. No era ella. Tiempo perdido. Miré para todos lados. Me asomé adentro. No había ninguna chica sola. María no era tan puntual como decía. Yo había llegado antes, como siempre.
Después de un rato de esperar parada, entré. Otra vez el mismo mozo me atendió. Por lo visto me reconoció porque me preguntó él por su cuenta: ¿espera a alguien? Tuve que decir que sí, y resignarme a estar en la misma situación que antes, en la misma espera, pero esta vez algo más incierta. Yo sabía que Clara llegaba tarde, pero llegaba. No sabía nada de María. Quizás todo había sido una broma. Parecía evidente, cómo no me había dado cuenta: el mismo bar, una hora similar, el mismo mozo, la misma impuntualidad.
Estaba pensando en irme cuando vi a Clara. Su presencia ahí fue toda una sorpresa. ¿Qué hacía ella acá? Venía hacia mi mesa con paso seguro. De pronto, me sentí en falta. Si justo en ese momento llegaba María, descubriría nuestra cita a escondidas. Estábamos haciendo trampa. Cuando llegó al lado mío, yo estaba con la mirada fija en la mesa como una nena que teme el castigo de los padres. Me saludó. Pasé porque justo estaba por acá, me dijo. Yo no la miraba del todo, sólo podía mantener un instante la vista en sus ojos. Ella continuó: María me llamó para que pasara a avisarte que se le complicó y que no va a poder venir, como te empecinas en no tener celular, agregó. Me pidió que te pidiera que la disculpes. La miré abiertamente. Ella estaba al tanto de todo y no parecía molestarle en lo más mínimo. Había sido muy ingenua al pensar que estábamos encontrándonos a espaldas de ella. Evidentemente ellas no se ocultaban nada, no eran como nosotras. Le pregunté qué le había pasado. Me dijo que hoy se sintió muy mal, un poco descompuesta. Desgraciadamente desde su enfermedad no dispone verdaderamente de su tiempo, de su cuerpo, me dijo Clara. Nunca es seguro que vaya a poder acudir a una cita. No debería hacer citas entonces, me dije para mí, pero no me acuerdo si lo hice en voz alta o en la intimidad de mi mente. Sólo recuerdo una mirada especial de Clara que me deja pensando. Ya que estaba Clara ahí, se sentó. El mozo vino a la mesa; ante sus ojos la realidad se repetía con estúpida precisión. Todo eso tenía un aire extraño. Clara me explicó que María la había llamado porque sabía que ella estaba a unas 10 cuadras de acá. Todo se cerraba en un círculo demasiado cerrado. Me sentí un poco asfixiada. Era posible que ellas hubieran planificado todo esto y que se divirtieran juntas. Un pensamiento arriesgado me vino al encuentro: ¿Y si María no existía? ¿Si era todo una invención de Clara? ¿Si no era nada más que la mente perversa y manipuladora de Clara que había inventado una amiga para hacerla desfilar ante mis ojos? ¿Si su María como la mía no era nada más que polvo? Los efectos de su presencia en Clara eran demasiado intensos, reales. Era difícil pensar que se trataba de un ser que existiera sólo en su mente. Pensé si en realidad María nos había armado este encuentro.
En un momento Clara me dijo: parece que estás velando a alguien, toda de negro. Yo me quedé callada, quizás el muerto éramos nosotras, nuestra amistad. Burlarse de mi ropa parecía ser su principal pasatiempo.
Conversamos un poco trabajosamente, había más silencio que palabras. Después de aquel día en casa había quedado un tierno sabor a lo perdido, en el que aparentemente podíamos quedarnos encerradas, perdidas.
lunes 22 de septiembre de 2008
Todo lo pasado (Parte VII)
Nos sentamos. Me preguntó: ¿Quién era? ¿Quién era quién? Por teléfono. No había contado con esa pregunta. Tenía que dar un nombre urgente. Me puse a pensar, pensé. Pero no tenía tiempo: María, dije. Cuando me escuché decir ese nombre, casi salgo corriendo. El primer nombre que me había venido a la mente era su amiga. ¿María? ¿Quién es María? Una compañera de trabajo. ¿Vas a tomar algo? Mate, me dijo. Respiré. Ya estábamos en otro tema. De ahora en más había dos Marías, una el espectro de la otra.
No entendía la razón de su visita pero no pregunté. Después me di cuenta de que ella me había dicho de vernos hoy y seguramente había venido para cumplir su cita programada en su mente. El hecho de que yo no hubiera aceptado era algo irrelevante para ella. Yo estaba intranquila. Ella estaba muy alta. Tenía unos tacos gigantes y cuando se paraba parecía una montaña. Traté de mantenerla sentada pero cada vez que iba a la cocina me acompañaba para seguir hablándome.
En un momento surgió de su boca su nombre: María. Después de nombrarla aclaró: mí María, no la tuya. El problema es que la mía no era más que polvo, mientras que su María reunía el sentido del mundo, y lo que era peor, de su vida. Me contó que tenía una enfermedad crónica que había sido muy dura con ella. ¡Pobre!, me apuré a decir. Me pregunté si no es peor la imagen dura de una enfermedad que la enfermedad en sí misma, pero no le dije nada de eso a Clara. Me dijo que María poco a poco le iba contando cosas, a pesar de que había llegado a darse cuenta de que eso no servía para llenar el abismo que se había abierto entre ella y el mundo, ni la hacía estar menos sola. María le había contado una especie de proyecto que se había trazado. Un proyecto desesperado. La palabra proyecto me puso incómoda. Clara continuó: me dijo que había decidido con su enfermedad hacer el esfuerzo por acercar el lenguaje lo más posible al silencio. No dejar de hablar, sino traer el silencio. Lo más parecido al silencio para María es la pura mención de las cosas. Me dijo algo así: Yo quiero llegar con mi enfermedad a la pura mención de lo que me pasa, si me duele, decir “me duele” y nada más, si me tengo que operar, decir: “me tengo que operar”, si ese día no puedo caminar, decir: “hoy no puedo caminar”. Si cada vez es menor el número de cuadras que puedo caminar, no decir “cada vez es menor” sino “ahora puedo caminar hasta 3 cuadras”. Clara me miró y quizás buscando adelantarse a mis pensamientos, dijo: no es un uso banal si lo pensás como una forma para sobrellevar una realidad horrible. María me dijo que quisiera que su lenguaje tuviera la calma que tenemos cuando vemos un árbol en medio del campo o la arena. Cuando reconocemos que hay un árbol, de alguna manera decimos: es un árbol. Es parte del reconocimiento. Eso no nos angustia. Yo quisiera nombrar solamente la existencia de lo que me pasa, sin todas las valoraciones en las que he caído anteriormente, me dijo. Se dio cuenta de que las palabras pueden destruirla tanto o más que la enfermedad. Clara se quedó callada. Yo no sabía qué decir. María no quería negar la realidad pero sí lo horrible que era. No se lo dije, y me quedé callada yo también.
El silencio me dejó con mis pensamientos. Quizás Clara había irrumpido en mi casa sólo para hablarme de ese gran proyecto de María. Pensé que tal vez me había contado eso como para decir: ¿a ver si vos podés ganarle a esto? No era gran cosa llegar después de un largo camino al uso más simple y básico del lenguaje.
Clara retomó su relato: María después me contó que la idea había surgido de una abuela del papá que era un poco tonta, que decía banalidades todo el tiempo. Según le contó el padre, la llevaron a París para ampliar su mundo. Después de recorrer la ciudad fueron al hotel. El cuarto del hotel estaba en el último piso y se asomaron por el balcón. Desde ahí podían ver el resto de la calle y todos los edificios. Entonces ella dijo: parece que los edificios en París son todos de la misma altura, parece que todos tienen 6 pisos. Otro día estaban en una plaza en la que todos los árboles tenían la misma altura y la abuela dijo: parece que en esta plaza los árboles tienen todos la misma altura. Clara me miró: ¿podés imaginarte? ¿Te imaginás a la abuela ante cada cosa de ese nuevo mundo decir lo que saltaba a la vista? Ante el letrero de la calle Saint Michel, decir: parece que esta calle se llama Saint Michel; parece que acá viven muchos franceses. Se río. Me reí yo también. Nos reímos las dos juntas, mirándonos. Su risa en mi risa. Esa risa trajo una complicidad perdida hacía largo tiempo; arrojó como la marea en la costa el pasado completamente idéntico a lo que fue. Por un instante fue como si el tiempo no hubiera hecho todo su trabajo de descomposición, y todo nuestro presente no fuera nada más que una pesadilla soñada por mí. Eso mostró que algo entero quedaba entre las ruinas de nuestra amistad. Y me sentí muy triste. Cuando la risa se apagó, las dos nos quedamos muy serias, en silencio. Me levanté para hacer más mate. Ella, esta vez, no me siguió. La dejé atrás hasta que las paredes de la cocina me impidieron verla. Se me cruzó un pensamiento lleno de rabia: esa estúpida abuela ni siquiera era capaz de afirmar con convicción lo evidente.
martes 16 de septiembre de 2008
Para el campeonato (Parte VI)
No siguió escribiendo. No estaba para demorarse en aguas estancadas. Había logrado retenerla sólo por un pestañeo. Me había dejado con su silencio; teniendo que pensar algo a partir de él. ¿Se había ofendido? ¿Se había hartado? ¿Se había ido? Casi se lo escribo: ¿Te ofendiste, te hartaste, te fuiste? Pero me mantuve en calma; me puse a jugar al tenis por la computadora. Durante horas. Mi día estaba perdido y prometía perderse aún más. Ella siempre lograba poner fin a nuestras conversaciones y peleas; continuar con su vida. Yo podía seguir eternamente. Aun sin ganas era incapaz de cortar, incluso teniendo cosas que hacer. Por esa capacidad mía para perderme, abandonarme. Todas las veces que yo había postergado algo importante para mí sólo porque ella había reclamado mi atención, después de que ella me cortara abruptamente porque tenía algo que hacer, había quedado sumergida en el vacío y el odio profundo a mí misma. No podía salir de la autocondena como una madre terrible que en vez de dar palabras que ayudaran a seguir adelante ponía en evidencia una constante. Cada una de mis palabras era una palada más sobre mí. Me pregunto si el rencor profundo que yo le tenía no se debía al simple hecho de hacerme enfrentar con mi propia capacidad de abandono, con mi dejadez. Jugué varios campeonatos. Uno tras otro. Pude ganar todos. Elegí ser los peores jugadores. Me puse limitaciones cada vez más complicadas. Debía sacar fácil, debía tirarle de lo posible la pelota a los pies del otro, debía evitar todas las jugadas que yo sabía que me llevaban a un triunfo seguro; y aun así ganaba, ganaba. No tenía contrincante que pudiera conmigo. Yo era una campeona.
martes 9 de septiembre de 2008
Muestra de luz (Parte V)
“Saqué a pasear a la perra. Salió y extrañamente se metió en la casa y se fue para arriba. Siempre se desesperaba por estar en la calle, pero ahora había entrado con convicción.
”Cuando subí vi un pequeño cuerpo en el piso. Era un bulto. Miré bien. Era una paloma. Estaba como pegada a la baldosa fría del vestíbulo. Tenía el cuello inclinado y la cabeza colgaba de su cuerpo hasta el suelo. Fue todo lo que pude ver en un instante. Después saqué la vista y empecé a gritar. Un pájaro muerto es algo impresionante. Su cuerpo es frágil y se derrama como un líquido. La perra se me acercó confundida por mis gritos. Quiso a su manera consolarme, yo lo sé, pero bajaba y subía las escaleras, se me acercaba y se alejaba como si alguien en su cabeza le estuviera dando órdenes contradictorias. Nada perturba más a un animal como el perro que es capaz de dar su vida por obedecer órdenes.
“Yo seguía gritando sin poder parar. Odio a las mujeres que gritan como histéricas. No podía seguir subiendo las escaleras y pasar por ese cuerpo muerto. Su cuerpo estaba como quebrado. Daba asco su manera de estar echado. Después de un rato, y sin dejar de gritar, pude subir. Mis gritos parecían carcajadas enloquecidas: ja, ja, ja, ja, gritaba. Tenía un diario en mi mano. Lo puse tapándome la visión de aquello. Eso me permitió subir. Fue una extraña forma de tapar su presencia. Aunque en ningún momento dejé de saber que estaba ahí, el diario cubrió su contundencia. Me acerqué con el diario y lo tiré encima de eso. Alcancé a taparlo pero una patita quedó afuera y pude verla. Era frágil, hermosa. Las uñas se afinaban en las puntas. Su cuerpo había encontrado una sutil forma de desaparecer. Sus dedos eran delicados pero estaban completamente tensos. Esa patita contenía la desesperación del mundo, era lo más humano que había visto. Estaba completamente abierta como si hubiera querido aferrarse a la vida, pero su mano no hubiera encontrado nada más que vacío y por eso no se había cerrado. Se había quedado detenida en la búsqueda, abierta, desesperada. La vida es como el aire. Traté de cubrirle la pata con el diario. Cuando lo hice, me metí en el estudio. Ja, ja, ja, ja, mi cuerpo se arqueaba como si llorara pero no me salían lágrimas. Esa criatura tampoco tenía sangre derramada. Toda la sangre permanecía en su cuerpo como si todavía fuera un recipiente de vida.
”Empecé a caminar por el cuarto. No sé por qué oscura perversión o miedo me asomé por la puerta de vidrio. Miré. La paloma estaba toda a la vista, destapada. El diario estaba detrás. Se había movido. Estaba viva. Eso casi me hizo desmayar. Empezó a aletear. Quería levantar vuelo. En su mente de paloma volar era la salvación, la vida. El ruido de sus alas era como el de una cáscara rota. Era insoportable. Probablemente ese exceso de energía le quitaría más rápidamente la vida. Si solo pudiera quedarse quieta, morirse. Mi casa se había convertido en un cementerio en el que el muerto había sido enterrado vivo. Me pregunto por qué los animales no mueren en silencio y en calma. Su instinto los llena de vida cuanto menos les queda.
“Volví a mirar. Todo eso me atraía de una extraña manera. Sus ojos no podían ocultar el horror ante lo que veían. Estaban completamente abiertos por el espanto. Ese animal podía ver de frente aquello que más lo horrorizaba. No era como yo. Seguía agitando las alas. Ja, ja, ja, ja, gritaba yo. Su furia aumentó. No hacía ningún sonido con su pico. Todo transcurría sin voz. Su silencio era seguramente lucha en el desierto. Las últimas palabras no son de los muertos sino de los vivos. De golpe la paloma se quedó quieta. Supuse que ya todo había terminado. Sentí alivio. Pensé que pronto podría comenzar el camino hacia el olvido. ¿Pero cómo olvidar? Cómo olvidar esa lucha encarnizada. Tenía que irme a trabajar y debería pasar por su cuerpo. Pensé seriamente en llamar para avisar que no iba. Otra vez sentí las alas. Su cuerpo resucitaba. Ese sonido era atroz, de algo frágil al mismo tiempo que lleno de energía. Toda la fuerza del mundo cabía en esas alas que se quebrarían al primer contacto. Tenía que irme. Tuve que pasar por donde estaba ella. Me sentí mal por abandonar a un ser en su muerte, pero ella ya estaba sola, en una lucha inútil. Se movía y se moría irremediablemente. Probablemente cuando llegara ya todo habría terminado y mi casa tendría un incómodo y persistente olor.”
Me quedé quieta. Al principio no vinieron pensamientos a mi mente, a mi rescate. Nada me daba refugio. Ni siquiera tenía un papel en mis manos de donde agarrarme. Tenía una muestra luminosa de lo que se había llevado el premio. No podía verlo más que bajo los ojos de quienes lo habían juzgado anteriormente. ¿Pero era bueno en realidad? El tema no parecía ser muy original. Me pregunto cuántos relatos como ese tiene la literatura. Casi me pongo a contar las veces que aparecía la palabra muerte en el texto. ¿Cuál es el límite para usar una palabra sin perder un premio? Pensé que ganar un concurso en este país no era gran cosa. Era para mediocres. Quizás no ganarlo era mejor. No ganarlo te abría al mundo; obligaba a salir de esta prisión provinciana. Hay muchas razones para perder. Por eso perder es más significativo que ganar. Aparentemente hay sólo una razón para ganar, aunque yo no lo creo. Quizás el premio sea limitado y no esté a la altura de todos los textos que no ganaron. Quizás en ellos esté la literatura que vale.
Me levanté de la silla. Me doy cuenta de que desde hace largo rato estoy temblando. Es posible escuchar el temblor de mis dientes que golpean con fuerza mientras los músculos se contraen en silencio.
miércoles 20 de agosto de 2008
Se vino la noche (Parte IV)
Esa mañana el cielo estaba oscuro, gris, como si se hubiera quedado detenido en la noche que vendría. Ese futuro cercano pesaba sobre la ciudad. Todo el mundo vivió esa noche. Llegué a desear que hubiera sido a la mañana para vivir el día como después de ese momento. Pero ella tenía horario central. Ese hecho era probablemente lo más importante que le había pasado. Ella salía al mundo por primera vez, trascendía la estrechez de las relaciones conocidas, que te conocen y que también conocés. Nadie que yo no conozca me conoce. Mi mundo es el más pequeño de todos los posibles.
Ese día se llevaba a cabo también el hecho más importante de mi vida: no salir en la tele.
Pasé como autómata por las horas. El día fue una noche eterna, congelada en la espera. Recuerdo haberme pasado de la parada del colectivo, pero no recuerdo las calles por las que caminé. Tomé un café tras otro. Tomé más café ese día de lo que tomé en toda mi vida. Cuando terminaba uno, me servía otro. Recuerdo la mirada de preocupación de un compañero de trabajo. No dijo nada, solo me miraba tomar como se mira a un alcohólico. Lo consideró un hecho demasiado grave como para ser mencionado.
Cuando llegué a mi casa, faltaban todavía 3 horas para el programa. No sabía qué hacer con mi tiempo. Nada duraba mucho. Leí, comí, tomé más café, escuché música, miré la tele, me duché por segunda vez en el día, me miré en el espejo y respondí a preguntas hechas por mí, en una entrevista desdoblada, cociné arroz con leche. Es increíble todo lo que se puede hacer en tres horas.
Cuando llegó la hora, dejé el cuarto a oscuras. Quería que su luz me hipnotizara.
Ella apareció en la pantalla, parecía gigante. Evidentemente brotó algo esa noche que ya estaba en ella. No se la notaba nerviosa, ese parecía su medio natural. Se movía con una tranquilidad singular. Pensé en la calma que tenía en las situaciones más tensas que vivimos. Tenía un encanto especial para las cámaras, se dejaba mirar.
A pesar de que apenas hacía seis meses que había empezado a escribir, habló de sí misma como una escritora con experiencia. Contaba su técnica de trabajo. Contó que ponía la música de acuerdo con el tono de los acontecimientos que iba a relatar, para adecuarse a su ritmo. Llegó a decir que era la música la responsable de su escritura, que ella solo la seguía. Yo hacía exactamente eso hacía varios años. No estaba segura de habérselo contado y ella no me mencionó. La música siempre fue para mí una buena forma de llenarme de palabras, su tono estaba en mis textos desconocidos. Mis palabras siempre fueron una especie de interpretación de la melodía que me envolvía. De alguna manera eran un instrumento más. Pero no era yo la que contaba eso. Pensé que probablemente yo había hecho una mala elección de canciones.
En un momento mencionó a alguien. Dijo que una amiga le había servido de inspiración. El corazón se me agolpó contra mi pecho. Después de todo yo podía surgir de la nada por un instante. Dijo que María era su nombre y que en su vida estaban contenidos todos los relatos escritos y por escribir, que sus conversaciones podían inspirar todas las historias del mundo. Como homenaje era conmovedor. De todos los nombres que tenía con ella había rescatado ese. María. ¿Quién era María? No conocía a ese libro inédito. Seguramente durante mi larga ausencia había aparecido en su vida para transformarla. Yo había creído que su vuelco hacia la escritura se debía a mí. A veces nuestra mente es tan estrecha que llegamos a pensar que todo en el mundo se vincula con nosotros. Clara vivía su vida, le pasaban cosas más importantes que yo. Le pasaba María.
La entrevista continuó. Ella estuvo elocuente, genial.
La luz de la pantalla bombardeaba toda la habitación con sus destellos brillantes, continuamente en movimiento como autos que pasaban a toda velocidad por una autopista; y yo estaba delante para recibirlos. Cada rayo me atropellaba. Cada gesto suyo era una fuente de luz. Me levanté y me acerqué al televisor. Me acerqué más. La luz me lastimaba los ojos pero en ningún momento los cerré. Le di un beso a la pantalla. Estaba fría. Me enfrió los labios. Toda esa luz no contenía calor.
sábado 16 de agosto de 2008
En esta densa oscuridad (Parte III)
Con el premio su agenda se había complicado todavía más. Tenía que buscar rápidamente editorial, debía ir a un programa de entrevistas con el que el Fondo tenía un convenio como forma de difusión de su propia actividad. Quedé detenida en eso. Iba a salir en la tele, yo iba a verla del otro lado de la pantalla y su luz me inundaría los ojos. Imaginé mi cuarto oscuro invadido por todos los rayos de luz de su sonrisa. Ella seguía con su recuento, traté de alcanzarla, no quería perderme sus pasos. Esas actividades pudieron haber sido mías. En mi fantasía yo había estado cerca de ganar el premio. Tenía también que organizar con la editorial la presentación del libro, debía darles comprobantes de todos los gastos y enviarles correcciones que quería hacer para que se las aprobaran. Necesitaría un día de 25 horas, me dijo con voz radiante. Yo podía darle unas cuantas horas de mi vida que me sobraban, podía darle todo mi tiempo de vigilia y dedicarme a dormir. Le contesté: por eso mismo no te robo ni un segundo más de tiempo, chau, y corté el teléfono ahogando su voz que algo empezaba a decir.
sábado 9 de agosto de 2008
Una amistad atardecida (Parte II)
Era una tarde de esplendor. El cielo se abría sobre sí. Me pareció que eso podía ser una buena señal para nuestro encuentro. Me puse una pollera que ella no conocía como para mostrarle el paso del tiempo. Yo, mi ropa, mi mundo cambiaba. Era capaz de seguir mi vida sin ella, era capaz de hacer cosas para mostrarle que podía hacer cosas sin ella. Llegué sumisamente puntual. La esperé un rato en la esquina. Cuando me cansé, entré al bar. Me senté y pedí un café. Le dije al mozo que estaba esperando a alguien. Mi soledad era espera. Fue un error. Cada dos por tres el mozo miraba a mi mesa para ver si había llegado esa persona. Ella llegó tranquilamente cuarenta minutos tarde. La vi caminar por la calle y en ningún momento adelantó su paso. Era capaz de hacer esperar a una persona cuarenta minutos y no sentirse vulnerable. Me saludó diciendo: hola, qué suerte que ya estás acá. No le contesté. Quizás podamos hacer un relato a partir de todos nuestros silencios. El silencio puede ser un remanso porque no deja ver todos los pensamientos que lo envuelven.
Me contó un montón de cosas de ella. En esta corta semana que terminaba le había pasado de todo. Los hechos de su vida no están uno después del otro. Su tiempo es simultáneo. Pensé que la evidencia de mi pollera era muy provinciana en relación con el cúmulo de acontecimientos que era su vida. Volvió a hablar del concurso del Fondo. Me dijo que ya había mandado sus cuentos. No sabía nada de esos cuentos, habían transcurrido a mi sombra y probablemente me sacaran el premio. Sólo ahí le dije que yo también había mandado. La miré fijamente. Su reacción fue de sorpresa, parecía no saber nada, o por lo menos eso quería que yo pensara. Me preguntó si eran los cuentos que ella había leído. Di una respuesta evasiva. Más o menos. Dijo que esos cuentos eran buenísimos, que seguramente iba a ganar. Pensé que estaba preparando su victoria, si ella ganaba, mi derrota era mucho peor porque supuestamente yo era candidata.
Como si de pronto me viera, me dijo que tenía algo raro, que estaba distinta. Mi vida no había cambiado sustancialmente pero yo misma podía ser un cambio contundente. Después de un largo rato me dijo que era el color de la pollera. Me dijo que el vibrante color verde se reflejaba en mi cara y acentuaba mi color mate cocido, que estaba más verde que nunca. La subjetividad es un laberinto de posibilidades, según recuerdo le dije una frase de escritura: me das infinitas nuevas razones para no verte más que de vez en cuando. Ella me cubrió con una mirada apacible y un océano de silencio. Estoy segura de que esa frase le congeló el pensamiento. Lo siguiente que recuerdo es que yo estaba sola en mi casa mirando la pared y no recuerdo cómo llegué ahí.
sábado 26 de julio de 2008
El atardecer de una amistad (Parte I)
El día de la cena de reencuentro salí corriendo del trabajo, compré la comida y hasta postre. Me puse a limpiar la casa porque era un desastre. Nada era natural, yo trabajaba demasiado. Ella llegó tarde, como siempre. Yo la esperé acomodando sobre lo acomodado casi hasta desordenar. No trajo nada. Sólo vino con un hambre grande como un precipicio.
Empezó a hablarme de ella. Yo me senté y escuché. En un momento la interrumpí: ¿está bueno? Me contestó que sí, y siguió. Me contó que había empezado una banda de música, que ella era la cantante. Pensé en su voz. Su voz era todo lo que mi voz no era. Todo lo que a mí me faltaba a ella le sobraba; derramaba voz. Me pregunté si no estaba exagerando. Su voz era una voz del montón, estaba bien pero nada más, incluso alguna vez creí haberla escuchado desafinar; la mía no era común. No muchas personas pueden decir que tienen una de las peores voces del mundo. Me dije que debía sentirme orgullosa. Casi llegué a sentirme. Cuando me contó que estaban hablando con diferentes lugares para tocar en vivo, todo mi trabajado orgullo se desplomó en el aire. Eso era un dato crudo de la realidad. Imaginé la dulzura de su voz derramada por el lugar.
No se detuvo en ese tema, enseguida saltó a otro. Me contó que había empezado a escribir y que iba a mandar sus cuentos al concurso del Fondo que cerraba en dos semanas. Estaba trabajando sin descanso para llegar. Yo acababa de mandar ahí mismo mis cuentos. Aparentemente íbamos a competir. Sólo una de las dos podría ganar. El mundo de los triunfadores es el más estrecho de los mundos. Salir a festejar juntas era algo improbable. El mundo nos separaba. Me pregunté si se había enterado de que yo me había presentado y se había precipitado para medirse conmigo; si estaba siguiéndome los pasos como una sombra. Todo se nubló en mí. Me pregunté también si debía decirle que el plazo se había extendido 15 días más. Ella no lo sabía porque me dio la fecha vieja. Tendría más tiempo para hacer correcciones y me llevaría ventaja. Si una persona no ha accedido a una información es porque no merece recibirla.
Levanté los platos. Ella me siguió hasta la cocina con las manos vacías. Lo único que hizo fue darme charla mientras yo lavaba. Poco a poco la fui conduciendo hasta la puerta. Nos despedimos con una sonrisa de oreja a oreja.
sábado 19 de julio de 2008
Mundo seco
Pero hace más de tres meses la pileta me abandonó como a un perro.
¿Cómo?, si es un agua encerrada.
martes 1 de julio de 2008
En sus ojos vacíos
jueves 12 de junio de 2008
Tenés que conocerlo
martes 20 de mayo de 2008
¿Dónde está Norma?
La gente se fue y nos levantamos para ir a la mesa, agarramos nuestros sacos y carteras. Nos dijo: no, todavía no. Nos volvimos a sentar. Era de lo más severa con nosotros. Llegó el momento de ir a la mesa. Con el menú, retomamos nuestra serie de preguntas. Ella respondía con dureza. Nuestras preguntas estaban siempre fuera de lugar. Yo le pregunté si era rica una comida que estaba en el menú, y me respondió con tono estricto una contundente verdad: depende de los gustos. En el restaurante había un cartel con la clásica imagen de silencio que ponen en los hospitales, pero no era una amable enfermera la que lo invocaba, era una mujer con una cara rígida, seguramente una camarada. Intimidaba un poco su forma de pedir silencio. Caíto dijo que se parecía a mí. Me quedé pensando. Había una inscripción encima de la imagen. Le preguntamos qué decía. Esta pregunta podía ser una pregunta estúpida o no. Nos dijo: no hable. La traducción me pareció más coherente con la imagen que la de "silencio". Me pareció que ella entendía perfectamente la diferencia sutil. Había otro cartel de la época comunista. Estaba la imagen de Lenin y había también palabras en ruso. Le preguntamos qué decían. Nos dijo en forma tajante que era intraducible. Insistimos; insistió: no se puede traducir. Quizás no quería repetir palabras de un pasado oscuro, pero sospecho que, en realidad, no tenía ganas o no conocía las palabras y prefería construir un misterio.
Estábamos muertos de hambre. En el momento de ordenar hablábamos uno encima del otro. Inmediatamente puso orden: a ver, de a uno. Conocía muy bien todas las palabras del español para disciplinar. Al final de la cena, pedimos un postre. Ella sutilmente censuró la elección. Después de comerlo, pedimos un segundo. Éramos un grupo muy caótico. Pedimos la torta Napoleón. Supusimos que tenía que ser buena porque era la torta de una victoria rusa. Le preguntamos cómo era: primero ordenan y después preguntan, fue su respuesta.
A eso de las 4 de la mañana terminamos sentándonos en la mesa de otro ruso que tenía un pedo increíble. Era marinero. Tomamos unos cuantos vodkas con él. Cuando los vasos estaban vacíos, le pedía al mozo otra vuelta. No sé por qué hicimos algunas preguntas. ¿Te gusta el mar?, ¿te gusta viajar?, ¿sabés mucho de barcos? El marinero respondía un poco fastidiado. Yo le pregunté si trabajaba mucho mientras estaba en el barco. Él dijo que no había nada para hacer, que pasaban los días y tenía que hacer de cuenta que había trabajo, entonces iba para un lado, ajustaba una soga, iba para otro. Contó que era desesperante estar ahí por meses. Dijo que una vez se había vuelto loco. No le gustaba su trabajo, no le gustaba viajar pero no tenía nada mejor que hacer. Vicki le preguntó por su familia. La miró. Pensé que se iba a levantar y a ir. Por fin contestó serio: tengo una madre, tengo un padre. Nos quedamos callados. ¿Tenés hermanos? Tengo una hermana. No dijo nada más.
Lo obligamos a llevarlo a su casa. Estuvimos diez minutos convenciéndolo. El hombre no parecía tener intenciones de ir a su casa, pero fuimos insistentes. Salió del restaurante con nosotros. Caminamos una cuadra. Caminamos otra. El ruso empezó a sospechar: ¿Dónde está el auto? En la próxima cuadra, contestamos todos al mismo tiempo. El ruso siguió, pero a mitad de cuadra se detuvo y preguntó: ¿dónde está Norma? ¿Norma, quién es Norma? Norma, la chica italiana. No conocemos a ninguna Norma. ¿No la conocen? ah, no, a ustedes no los conozco, dijo y se fue. Nos quedamos preguntándonos quién era Norma. Conocerla era la clave para entrar a su mundo.
Nos metimos rápidamente en el auto, manejé yo que era la más lúcida del grupo. Pero no fuimos a nuestras casas. El ruso era nuestra deriva, nuestro horizonte. Empezamos a dar vueltas a la manzana buscándolo. Volvimos al mismo lugar donde nos habíamos separado, recorrimos otras calles de la zona. De pronto el ruso era toda la suma de sentido. La falta de sentido con la que vivía su vida no nos alcanzaba a nosotros. Entramos a bares buscando a Misha. Sacamos la cabeza por la ventanilla del auto gritando su nombre. Pero nada. Se había evaporado, probablemente huyendo de nosotros, buscando a Norma, su mundo perdido.
viernes 18 de abril de 2008
Humo
Subí a la ciudad. La gente avanzaba como sombras borrosas. Todos caminaban sin detenerse a mirar. Mirar lastima en esta ciudad de ceniza. El olor es el mismo en cada rincón de la ciudad. Supongo que uno no puede detenerse a cada paso para decir ¡qué humo!, respirar y después decir ¡pero qué olor a humo! Me imaginé que se debía a la estupidez que encierra decir lo evidente. Miré como turista en esta ciudad llena de turistas. Esta llanura de gente. Siempre soy un poco turista, en mi vida, en mi ciudad. Veo a amigos como una visita temporaria, alguien que está de paso por esa amistad. Algún día tendré que irme. Los turistas se apresuran para salir de la llanura ahumada. No ven con pena. Preguntan, ¿esto es normal en esta llanura disparatada? Se dispersan en las fronteras como granitos de arena. Alguien me chocó. Siguió caminando y pronto se perdió en la bruma. Pensé que tampoco era razón suficiente para decir: perdón, fue por el humo. Nadie en la calle tiene una verdadera presencia. El humo puso montañas en esta pampa. Interrumpió la llana visión. Puso las sombras que faltaban, el relieve espeso de un paisaje recargado.
Vi el cielo. Detrás de un edificio había una luz violeta que lograba teñir el humo a su alrededor. Algo podía sobreponerse a él. Quizás la ciudad futura dejó de ser una imagen en la mente. Mi sombra se abría paso entre las sombras. Todo era una semi penumbra. La luz del día decae ante la contundente niebla negra. La noche estaba llegando. En la noche el humo gana terreno en la ciudad. Se espesa en la oscuridad. De pronto me asfixió. No podía respirar. Empecé a caminar más rápido, para deshacerme del humo. El humo era todo lo que tenía enfrente y todo lo que dejaba atrás, como mi vida.
jueves 13 de marzo de 2008
Seguir discutiendo por mail
Te hago una pregunta:
¿Vos pensás que la descripción es neutra?, que primero describimos neutralmente y que sobre eso, después opinamos, juzgamos...?
jueves, 14 de febrero, 2008:
Desde luego. No siempre se logra. No siempre es fácil. Pero muchas veces (aunque no todas) se puede. "Josecito acaba de pegarle al perro". Descripción. "Josecito es malo con los perros". Juicio.
j.
Cecilia wrote:
Yo creo que no es neutra. Las operaciones fundamentales que intervienen en una descripción son dos:
Una de ellas es la focalización, qué se pone en primer plano, en qué se detiene más para describir; otra es la selección, qué se elige describir.
Se elige hasta dónde decir, con cuántos detalles describir. Podés decir pegarle en tu ejemplo, o podés decir: pegarle muy fuerte con un palo con clavos en la punta, eso también sería una descripción. Si yo omito eso estoy decidiendo no decirlo por algo, quizás. La descripción podría estar cargada de detalles o no. Decidimos en dónde cortar. ¿En virtud de qué decidimos cortar? Yo creo, que en virtud de lo que queremos decir, el sentido que queremos que tenga la descripción, o de lo que queremos decir después. Podemos decidir contar las causas o no del golpe, si no las damos, ya ponemos a Josecito en una situación violenta, pero si le pegó porque le sacó un pedazo a un chico, Josecito está en otra situación.
Otra cuestión, no se describe, generalmente, sólo para describir. Se describe para continuar con el discurso. Es decir, lo que seleccionas y focalizás tienen que ver con lo que vas a decir después, con el sentido que querés dar a tu argumento.
Pregunta: ¿cómo son para vos la selección y la focalización?
viernes, 15 de febrero, 2008:
Yo puedo suscribir todo lo que decis acá. Pero esto no tiene que ver con la posibilidad real de describir. Sí, vas a tener millones de problemas. La intención, el peso semántico de las palabras, su elección, etc. Pero si realmente crees que no se puede describir un estado de cosas, te juro que me preocupo. Si no podés con algún sentido, y aunque la descripción sea incompleta (siempre lo va a ser), decir "Josecito le acaba de pegar al perro con un palo" estamos en problemas. Sí, ¿qué quiere decir pegar? ¿qué quiere palo? ¿qué otros elementos intervinieron? ¿dónde le pegó? ¿con qué intensidad? el lenguaje natural tiene una textura abierta. ¿Y? El mundo es redondito, no es cuadrado. ¿Eso no lo puedo decir? Acabo de tomar el desayuno, ¿tampoco?
j.
Cecilia wrote:
Justamente, no estaba hablando en ningún momento de incompletud.
No estoy diciendo que no se puede describir. Tu visión es equivocada si pensás que la descripción no implica un recorte y por lo tanto, una interpretación. Estoy problematizando tu idea de que la descripción es neutra. Siempre intervienen esas operaciones de selección y focalización. Siempre doy una interpretación.
Describir es recortar y ese recorte depende de muchas cosas. Cuando describo postulo sentidos. Describo porque quiero hacer algo con la descripción, por eso me detengo en determinados momentos, hago determinados recortes, allano el camino para otra cosa. Focalizo y selecciono de determinada manera y no de otra, según lo que creo que es lo mejor, o según el sentido que quiero dar, o según lo que quiero decir después. Yo creo que describir es de alguna manera interpretar y relatar. Podemos discutir si interpreté bien (o sea, si describí bien), esa es una discusión posible.
Y no estoy hablando de la banalidad de qué quiere decir palo.
viernes, 15 de febrero, 2008:
No, si es esto lo que decis, pensamos igual. Describir es en parte hacer todo eso. Pero es lo que hay. Si yo digo la tierra es redonda, estoy recortando, seleccionando, y haciendo mil cosas más. Pero no necesariamente debe ser un problema. Si lo que hacés es seleccionar según lo que crees que es lo mejor para vos, no estás involucrada seriamente en una actividad descriptiva sino en otra cosa. José le acaba de pegar al perro es una selección en muchos sentidos, pero no es necesariamente problemática. Si yo digo el perro acaba de sufrir un golpe estoy seleccionando información. Esto puede o no ser malo, pero sabemos lo que es. Ya sé que no estás hablando de la banalidad de qué quiere decir palo. Pero precisamente los ejemplos banales tienen una función. Las cosas son en general más complejas, pero no necesariamente tienen que serlo tanto. Decir "está demostrado científicamente que el impuesto a las ventas es regresivo y que impacta negativamente en la distribución de la riqueza, haciéndola más desigual" es una descripción inobjetable. Sí, la crítica es que "regresivo", "desigual" son conceptos normativos, no descriptivos. No. Acá tienen una función descriptiva. De hecho, podés reemplazar regresivo y desigual por la enunciación de lo que querés decir. Acá estoy eligiendo lo que digo, porque a lo que apunto es a criticar el sistema impositivo. Pero aquello es una descripción. Y la defendería a uñas y dientes como "la verdad". La única manera de demostrar que es un error es demostrar que no es verdad lo que digo. Y obviamente, no creo que se pueda.
j.
Cecilia wrote:
No estaba tratando de complejizar las cosas, sino más bien de criticar la idea de neutralidad como algo que definiría la descripción. Criticaba esa división esquemática entre, por ejemplo, descripción, opinión, juicio de valor. Podemos hacer una división, pero esa división no puede radicar en la supuesta neutralidad de la descripción versus la "subjetividad" (en el sentido de parcialidad, individualidad) de la opinión. En la descripción hay una preocupación por borrar las marcas subjetivas. Pero en los dos casos hay construcción de sentido en donde está implicado el sujeto que construye. La diferencia entre ambos no puede hacerse por su grado de verdad o por su neutralidad, ya que ambas (la opinión y la descripción) pueden ser objetivas y también parciales. Si establecemos la diferencia a partir de la neutralidad (de la descripción) y la individualidad (de la opinión) estaríamos identificando esquemáticamente (y falsamente) a la descripción con la verdad y excluyendo a la opinión de la posibilidad de la verdad.
Vuelvo a decir, en general se describe para hacer algo con eso. La descripción prepara el terreno, está involucrada en la opinión o la crítica si es lo que queremos hacer con ella.
Mi interés es acentuar que esas actividades consideradas como tan neutrales por la filosofía positivista y por la ciencia encierran un montón de operaciones que tienen que ver con una interpretación de algo, sobre qué es lo central, hasta dónde tengo que decir, para qué lo hago (y acá también entraría una dimensión política); y por lo tanto, que esa “neutralidad” está llena de subjetividad. Cuando describo siempre estoy seleccionando información. Y también creo que es posible decir que una descripción es equivocada o no, pero que es difícil eliminar el para qué se describe, o sea, al sujeto (y su inscripción en la descripción, marcada por sus operaciones: selección y focalización). Hablar de descripción no es hablar de tabula rasa. Se describe desde una "mirada" (espero que entiendas qué quiero decir con esta palabra porque es vaga). Nunca dije que eso sea problemático, sino que esa neutralidad no existe, puesto que vos la afirmabas.
En cuanto a las millones de operaciones más que decís se hacen al describir, yo creo que son esas dos: focalización y selección.
Cecilia wrote:
A ver si estás de acuerdo con esto, o si te convenzo:
Creo que quedó en claro mi postura, que describir es, por un lado, interpretar un hecho, asignar sentidos o construirlos; y por el otro, un recorte, que se hace mediante las operaciones de selección y focalización. Todo esto para mostrar que en la descripción siempre están la mirada del sujeto y sus operaciones, porque es una construcción de sentido en donde está implicado el sujeto. La descripción tiene dos aspectos: vemos un hecho descrito por un sujeto. Es decir, vemos un hecho tal como el sujeto lo mira (también podríamos decir, lo "construye"). En cuanto a la cuestión de verdad o falsedad. Supongamos que tenemos dos descripciones de un mismo hecho. Muchas veces las interpretaciones que las descripciones dan de un hecho no permiten descartar una como la verdadera y otra como la falsa. Por ejemplo, si vemos a un hombre pegándole a un perro (no especialmente fuerte). Podemos describir el hecho (es decir, interpretarlo) de esta manera: "José le pegó al perro". Pero también podemos interpretarlo de esta otra: "José educa al perro", o está educando. Supongamos una situación en la que los dos cabrían, ya que es posible (es decir, imaginemos lo que tendríamos que ver para eso). Las dos serían descripciones correctas del hecho. No veo por qué una lo sería más que la otra. Incluso José puede justificarse diciendo "yo lo estoy educando", y yo puedo pensar: "no, le está pegando". Entonces, a veces la cuestión de la verdad o falsedad no es la relevante o no es lo que permite decidir entre una u otra, tal como te había dicho en mi último mail; y su caracterización no puede descansar en la verdad o falsedad. Como ves, no estoy queriendo complejizar ni mostrar la incompletud de la descripción. Cuando digo que implica una interpretación (una "mirada") no complejizo, sino corro el eje. Me muevo en un horizonte diferente de la filosofía positivista que nunca se pregunta por el sujeto, como si este no existiera.
saludos, ceci
sábado, 8 de marzo, 2008 :
No estamos en desacuerdo, o al menos no de un modo radical. Simplemente yo no exageraría el punto: que no siempre cuando describimos re-interpretamos la realidad. "la tierra se mueve" es un enunciado fáctico que será igualmente válido sin importar quién lo sostenga. Si yo digo la tierra está bailando, mi re-interpretación es errónea. Pero sí, efectivamente muchas veces el intérprete interpreta. Pero ojo. Una tentación simple es decir que rashomón es un ejemplo bueno para ilustrar este punto. un mismo hecho visto de varias maneras distintas. Como ejemplo (y esto es un típico ejercicio en la facultad de derecho, o debería serlo), si vos sacás a cinco tipos a la calle, los hacés ver algo y luego les preguntás qué vieron, vas a tener interpretaciones distintas. Pero eso no quiere decir que sean todas válidas. Habrá errores: un tipo que diga que vio a una mina vestida de azul, cuando estaba vestida de blanco. Pero es cierto que habrá interpretaciones admisibles aunque discordantes. Tu ejemplo es interesante, porque muestra la complejidad inherente a la actividad de interpretar. Yo estaría tentado a decir que sostener que "x le pegó a y" es algo valorativamente neutro, es una mera descripción de hechos, mientras que "x educó a y" implica un compromiso valorativo. Pero sé que en este ejemplo no puedo decirlo. Me dirías que el concepto "pegar" no es tan neutro como parece, etc. Mi único punto es que en todo caso habrá una suerte de continuo: generalmente podremos distinguir entre una situación que involucra descripciones alternativas pero no igualmente admisibles (porque una contiene un error que cualquiera debería advertir, por ejemplo), de otra que involucra dos valoraciones igualmente admisibles. Pero podemos decir algo más todavía. A veces el desacuerdo entre dos descripciones no es necesariamente un desacuerdo valorativo sino más bien meta-valorativo (para usar alguna expresión). Es un desacuerdo sobre el nivel de generalidad o abstracción que debemos emplear para hacer una descripción. Las cosas pueden verse muy distintas de acuerdo al nivel que empleemos. Claro, la decisión sobre emplear o no un nivel determinado es valorativa, pero no necesariamente problemática. Dicho de otro modo, estoy en desacuerdo con que nunca se pueda predicar la verdad o falsedad de una descripción. A veces tendremos problemas, pero muchas veces no. Si no lo pudiéramos hacer, la ciencia no existiría.
j.
Cecilia wrote:
Tu último párrafo me muestra que quizás no se entendió bien mi mail. Te dije: No digo que no exista (hablo de la verdad o falsedad) sino que su caracterización no puede descansar en la verdad o falsedad; que no se puede definir la descripción (en términos generales) a partir de la verdad o falsedad. ¿Por qué? Porque, dentro de los enunciados descriptivos constatativos, existen casos en los que no podemos determinar un enunciado descriptivo como verdadero y otro como falso (como mi ejemplo). Mi ejemplo es una descripción, y muestra la complejidad inherente a la actividad de interpretar y de describir. Me parece que la distinción entre descripciones valorativas o no puede volverse problemática.
Existen además unos tipos de descripción que no tienen verdad o falsedad (ya que no son constatativas), sin que sean "valorativas". Yo quise manejarme con ejemplos en donde la descripción tiene la forma de los enunciados constatativos (a los que en teoría se les asigna verdad o falsedad). Pero hay muchas formas de describir (y de entender la verdad, pero esa es otra discusión).
En la descripción que aparece en la literatura no hay ninguna contraparte en el mundo para poder asignarle verdad o falsedad.
Con lo que la descripción es una operación del lenguaje muy amplia, y su definición no puede darse a partir de la V o F (o de la supuesta neutralidad) porque estamos dejando afuera un montón de usos o formas o casos de descripción.
De tu enunciado: a veces el intérprete interpreta, cuestiono la idea de interpretación como no objetiva y el hecho de que podamos no interpretar:
1. Decir que interpreta no es decir que no sea válido u objetivo. Habría que tener cuidado con asociar interpretación con individual: es totalmente incorrecto. Además sucede que en algunos casos, muchos, existe una ambigüedad, en donde son posibles varias interpretaciones de un hecho como válidas, es decir, objetivas. Mi ejemplo sería, tal vez, un caso de ambigüedad en el hecho mismo. Pero yo puedo fundamentar en esos casos mi interpretación, y no son una cuestión individual. En una descripción hay muchas decisiones que toma el sujeto, y su "mirada" siempre es algo constitutivo.
En los ejemplos de objetividad que das, como ese vestido es azul, no deja de haber sujeto que mira. Ese color depende de las condiciones de luz desde las que miramos; con lo cual la posición del sujeto que mira está contenida en lo que ve. La misma ciencia planteó esto con el principio de incertidumbre. ¿Eso es decir que no hay objetividad posible? No, no es esa la conclusión. No hay que pensar la objetividad como algo que implicaría que si la mirada es inescindible de lo que efectivamente se mira, entonces no habría objetividad, sino individualidad y relativismo. Esa postura creo que es equivocada.
En la lectura también se hacen interpretaciones de los textos. Puede haber muchas interpretaciones que difieren sin que una tenga que ser verdadera y las otras falsas (también, claro, puede haber otras que esten equivocadas). No porque haya muchas posibles dejan de ser objetivas.
Podría adelantar una frase general en la que creo: la objetividad es más amplia que la verdad y falsedad. No sólo lo verdadero es objetivo o universal, podemos compartir más cosas (creo que Kant con el juicio de belleza da un ejemplo de esto, un tipo de juicio universal, objetivo, que no es verdadero o falso, porque no predica nada del objeto).
2. Siempre se interpreta un hecho. Si se ve un cuerpo que está en un lugar X, un momento después está en un lugar Y, otro momento después en un lugar Z. Interpretamos, correctamente, objetivamente, que ese objeto se mueve; podemos interpretar también que José (el cuerpo) corre. Puede ser un buen ejemplo de ese "nivel de generalidad". "Se mueve" es un grado de generalidad mayor, incluye corre y camina. En este caso no son contradictorias. Las dos son también una interpretación, una operación cognitiva que permite comprender la realidad o los textos, y asignarles sentido . No sólo se interpreta cuando hay esa supuesta valoración. Y la ciencia interpreta la realidad también (te repito una frase de Lispector: los hechos son las palabras dichas por el mundo).
jueves 6 de marzo de 2008
El panóptico
domingo 2 de marzo de 2008
Dos gotas de agua
La profesora me miraba con cierta ausencia. Pensé que mi anécdota no le había parecido muy interesante. Pocos días antes había visto desaparecer esa mirada que tenía cuando me vio por primera vez. Yo había sido alguien relevante, separada del mundo. Siempre pensé que la gente cuando se quedaba pasmada mirándome, era por mi propia presencia, pero ahora consideraba la posibilidad de que fuera por la presencia de otro. No sé por qué ver a una persona conocida causa impresión. Yo siempre tengo algo de aparición. La ambigüedad que tiene mi imagen no alcanza a producir la calma de lo familiar. Decir yo misma se ha vuelto una bruma insondable. Aclarar ¿no ves que soy yo, y que nada ha cambiado? es entrar en un laberinto de identidades.


